27 junio 2026

Crítica y análisis del libro "Jesús", de Jürgen Roloff


         


Ὁ σπείρων τὸ καλὸν σπέρμα ἐστὶν ὁ υἱὸς τοῦ ἀνθρώπου·
El que siembra el buen esperma es el Hijo del Hombre.
Mateo, 13.37

Φεύγετε τοὺς ἀρνουμένους τὸ πάθος Χριστοῦ καὶ τὴν κατὰ σάρκα γέννησιν. πολλοὶ δέ εἰσιν ἄρτι οἱ ταύτην νοσοῦντες τὴν ἀρρωστίαν. 
Huid de los que niegan la pasión de Cristo y su nacimiento en carne; muchos son los que ahora sufren esta enfermedad.
Pseudo-Ignacio, A María, 5.1

μὴ εἶναι δὲ τὸν Χριστὸν γεγεννημένον ἐκ Μαρίας μηδὲ ἐν σαρκὶ πεφηνέναι. 
y Cristo no ha nacido de María ni se ha manifestado en carne.
San Epifanio, Panarion, 41.1

Christum in substantia corporis non fuisse
Christum autem non in substantia carnis fuisse 
Cristo no ha existido en la sustancia del cuerpo
Cristo no ha existido en la sustancia de la carne
Pseudo-Tertuliano, Adversus omnes haereses, 1.4, 2.4

Atque ita in hodiernum negant venisse Christum suum.
Y así, hasta el día de hoy niegan que su Cristo haya venido.
Tertuliano, Adversus iudaeos, 14.10

Τοὺς εὐαγγελίστὰς ἐφευρετὰς οὐκ ἴστορας τῶν περὶ τὸν Ἰησοῦν γεγενῆσθαι πράξεων 
Los evangelistas son inventores, no historiadores de los hechos sucedidos en torno a Jesús
Porfirio, Contra los cristianos, fr. 15.


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Crítica y análisis del libro Jesús, de Jürgen Roloff


Los judíos no creían en el mito de un Hijo de Dios, como atestiguan los libros del Nuevo Testamento (Jn 10.26; 12.37; 19.7; Ro 10.14), y la divinización de un hombre no cabía en absoluto en la religión judía, y menos de uno al que consideraban un impostor y un malhechor (Mt 23.63; Jn 18.30), y al que mataron ellos mismos (Hechos, 3.15; 5.30; 7.52). La ficción de un hombre real o imaginario sentado a la diestra de Dios (Ef 1.20; Col 3.1; Heb 10.12; Hechos, 7.55) era inconcebible en el judaísmo, y la deificación estaba expresa y rigurosamente prohibida, y equivalía a la idolatría (¡Es el primero de los diez mandamientos! Ex 20.3; 34,14; Dt 5.7). La divinización de un hombre no era posible ni siquiera en el judaísmo helenista. Filón de Alejandría rechazaba explícitamente como impía la idea de que un hombre real podía ser Dios, ni siquiera un emperador (Calígula). Jesús es presentado en todos los libros del NT como el mito del Hijo de Dios, mito central identificado con el mismo Dios: Jesús es el Señor (Ro 9.5; 10.9; Fi 2.11, Ti 2.13). Y así lo afirma Roloff: La fe cristiana encuentra en Jesús al mismo Dios en forma humana.1 Por tanto, no había ninguna base histórica para suponer que Jesús había existido realmente, y la existencia de Jesús fue tan real como su permanente existencia junto a Dios, como dice al principio de su libro.2 Roloff reconoce que en los evangelios sinópticos la intención histórica está al servicio de la kerigmática.3 Es decir, la historia que narran los evangelios está al servicio del mito, y cualquier presentación (Darstellung) de Jesús desde el punto de vista histórico (historischer Sicht) es una falsificación, pues no se trata no de un hombre real presentado como un mito, sino de un mito presentado como un hombre real. Los evangelistas eran conscientes de que estaban narrando un mito, puesto que narran ficciones enormes. Roloff reconoce, además, que en el evangelio de Juan, la intención kerigmática domina en exclusiva el campo.4 Es decir, en este evangelio el mito está en primer plano, y sus discursos han eclipsado completamente la historia de Jesús, como dice Roloff.5 Por esto todos los historicistas se apresuraron a negar su valor histórico, como hace Roloff: el valor del evangelio de Juan como fuente para la historia de Jesús debe considerarse muy inferior al de los sinópticos.EL autor del cuarto evangelio era consciente de que Jesús no había existido, y lo dice explícitamente: Jesús no era un hombre de este mundo, sino el Logos que existía desde el principio, que era Dios (Jn 1.1; 8.23). De hecho, este evangelio es solo una sucesión de episodios inventados que no aparecen en los sinópticos, y en él las parábolas están totalmente ausentes, y en su lugar solo hay discursos totalmente ficticios.
La historia del Hijo de Dios está situada allí donde nunca pudo ocurrir, en un lejano rincón del Imperio romano, como dice Roloff,7 aunque Judea no era entonces un rincón lejano, sino una provincia romana, como dice también, mencionando dos veces a Pompeyo. Roloff olvida que desde este rincón lejano del mundo, como dice nada más empezar su libro, el evangelio se había difundido desde muy pronto a todos los que estáis en Roma (Ro 1.7), y en un lugar tan lejano como Iliria (o Dalmacia, Ro 15.19; 2Ti 4.10), e incluso se habla de ir a España, en el otro extremo del imperio (Ro 15.24,28).
Como ya advertía Celso, todo lo que se decía sobre Jesús eran puras invenciones, de aquí las versiones distintas de los relatos, hasta el punto de ser incompatiles (unvereinbar), como afirma Roloff, en el caso de los relatos de la infancia,8 y la presencia de relatos no históricos (ungeschichtlich), cosa que también admite Roloff, incluida la resurrección, que rompe la trama de los planteamientos históricos, como él mismo dice.9 Roloff empieza su libro diciendo que estos relatos no son testimonios primarios (keine Primärzeugnisse), y que están conformados por la fe en Jesús, y poco después repite que su visión de Jesús está determinada por la fe pascual.10 Es decir, cada cual se inventaba esta historia a la medida de la fe, como lo demuestra sobre todo el uso masivo de las Escrituras, de aquí los diferentes evangelios (2Co 11.4; Gál 1.6,8). 
El Jesús histórico que Roloff se inventa es un representante del Reino de Dios, como lo llama repetidas veces.11 Roloff adscribe a Jesús como propio todo lo que dicen los evangelios, a pesar de que no son testimonios primarios, y afirma, dos veces, que Jesús tenía conciencia de ser (wusste sich) el representante de este Reino ficticio. Toda la historia de Jesús (Geschichte Jesu), expresión que Roloff repite (13 veces) a lo largo de su libro, estaba basada en el mito de un Hijo de Dios y de un Reino de Dios. Roloff dedica todo el capítulo sexto de su libro a hablar de este ficticio Reino de Dios (Gottesherrschaft), palabra que usa profusamente a lo largo de su libro, como si fuera algo real y verdadero. Esta ficción queda patente por el uso constante de las parábolas para explicar el Reino de Dios, que tenían un significado simbólico y no real. Roloff las deforma y con su visión historicista es capaz de ver a los oyentes de las parábolas. Según él, son historias de la vida cotidiana, y con ellas Jesús parte de la realidad cotidiana para conducirlos a la realidad del Reino de Dios, totalmente distinta de la realidad cotidiana.12 Roloff pervierte así el concepto de realidad, puesto que el Reino de Dios era totalmente irreal y ficticio: El reino de Dios está dentro de vosotros, no aquí o allí (Lc 17.21), aunque esto se contradiga con la idea de que se acerca, de entrar en él, o de sentarse a la mesa en él (Lc 13.29; 18.17,25; 21.31; Jn 3.5). Por tanto, el lenguaje del Reino de Dios, título que aquí usa Roloff, era precisamente el lenguaje del mito, que habla de lo no mundano en términos mundanos (vom Unweltlichen weltlich), en palabras de Bultmann, a quien cita Roloff.
Los gnósticos negaban de forma unánime la realidad de la historia de Jesús, y por esto la Iglesia oficial se esforzó por eliminarlos. Las epístolas de Juan dicen explícitamente que había muchos anticristos (ἀντίχριστοι πολλοὶ, 1Jn 2.18) que negaban la existencia real de Jesús: no admiten que Jesucristo ha venido en carne (1Jn 4.3 (RP), 2 Jn 7). No nació, ni se encarnó (neque autem natum, neque incarnatum,  San Ireneo, Ad. haereses, 3.11.3; 18.7). Los ofitas niegan totalmente a Jesús, nos informa Orígenes (Contra Celso, 7.4. cf. Jud 4; 2Pe 2.1). Así que los negadores de su existencia, a los que Roloff desacredita a la ligera, no son un grupo de críticos modernos surgido en el Siglo de la Ilustración (al que también se refiere Rollof en la introducción de su libro), sino que ya abundaban en los albores del cristianismo. San Ireneo cuenta que los gnósticos proliferaban como hongos (Ad. haereses, 1.29.1), y puesto que tenían un conocimiento directo de la historia de Jesús (salieron de nosotros, 1Jn 2.19), es de suponer que estaban mejor informados que los historicistas modernos. 
Aunque sean dos cosas incompatibles, Roloff se atreve a hablar de una teología científica (wissenschaftlichen Theologie), y se incluye a sí mismo en esa extraña categoría de teólogos científicos, puesto que resume su libro como una investigación científica sobre Jesús (wissenschaftlicher Jesusforschung). Roloff afirma que en la primera mitad del siglo XX, esta extraña teología había llegado a la autorizada conclusión de que los evangelios sinópticos no podían valorarse como fuentes históricas en el sentido moderno, puesto que están ya determinados por una visión dogmática de la figura de Jesús (W. Wrede).13 Dicho con otras palabras, la visión de Jesús está determinada por la fe pascual. Roloff reconoce que esta visión no es histórica cuando habla de los relatos de los milagros: Está fuera de duda que algunos de ellos están tan fuertemente marcados por la fe de la comunidad pospascual que impide la deducción directa de hechos históricos.14 Por tanto, Roloff tergiversa los textos al aplicarles una visión histórica que no tienen, y se basa en los evangelios y se sirve continuamente de ellos en la descripción del Jesús histórico que se inventa, un representante del Reino de Dios. Roloff afirma que tanto este título inventado como el de Hijo de Dios expresan lo mismo: su cercanía a Dios. Según él, en este sentido, la denominación era perfectamente posible en el judaísmo.15 Pero esto es totalmente falso, puesto que el título de Hijo de Dios era extraño al judaísmo, y equivalía a una blasfemia (Mt 26.65, Jn 10.36). Los judíos no creían en el mito de un Hijo de Dios: Nadie existe de tal clase (οὐδενὸς ὄντος τοιούτου. Orígenes, Contra Celso, 1.49). 
Igualmente, la imagen de Jesús como un judío profundamente enraizado en el judaísmo de su época 16 es completamente falsa y sin fundamento, pues los judíos, que habían quitado la llave de la gnosis (τὴν κλεῖδα τῆς γνώσεως, Lc 11.52), eran enemigos del evangelio (Ro 11.28). Por esto los fariseos son descritos como los enemigos de Jesús por antonomasia.17 Esta violenta oposición de los judíos (ἀντιτασσομένων, Hechos, 18.6) está expuesta explícitamente en muchos pasajes del NT. Por ejemplo, la lapidación de Esteban, como castigo por un largo discurso profundamente enraizado en el judaísmo, y que termina colocando a Jesús a la diestra de Dios. Se enfurecían, dice el texto  (διεπρίοντο, Hechos, 7.54; Idem, 5.33).Y también el ficticio Pablo fue apedreado por los judíos (Hechos, 14.19). Y al ficticio Hijo de Dios también lo apedreaban y querían matarlo (Jn 8.59; 10.31, Mc 14.1, aunque no lo consiguieron, puesto que al autor de la vida -el Semen: Gál 3.16, Lc 8.11- no le afectaba la muerte (No era posible que fuera dominado por ella. Hechos, 2.24; 3.15).
Roloff comienza su libro hablando de las epístolas de Pablo, que son, dice, las más antiguas menciones literarias de Jesús. Muerte y resurrección son los dos temas en los que se concentran generalmente las afirmaciones que Pablo hace sobre Jesús, pero reconoce que es cierto que rara vez hace referencia directa a la tradición sobre Jesús.18 En efecto, en las epístolas no se halla ninguna referencia a la reiterada predicción de su propia muerte y resurrección, ni al letrero trilingüe colocado en la cruz, ni a ninguna de las circunstancias inverosímiles de la pasión que relatan los evangelios. Y aunque la resurrección fue el acontecimiento escatológico por antonomasia, como afirma Roloff, en las epístolas no se menciona nunca la pregunta sobre la resurrección, ni ninguna de las circunstancias absurdas de la resurrección que narran los evangelios. ¿Se puede deducir de esto que Pablo y sus comunidades no sabían nada sobre los detalles de la historia de Jesús?19 Es evidente que esto no lo sabían, ni en toda la extensión de las epístolas (equivalente a la de los tres sinópticos juntos) se mencionan ninguno de sus discursos y parábolas, ni ninguno de sus numerosísimos milagros, allí donde predicaban, precisamente, el evangelio de Jesús, que era el centro y punto de referencia de la fe cristiana, el contenido y el objeto central de la misma.20
Roloff habla del vivo interés que las comunidades tuvieron desde el principio por los hechos fundamentales de la historia de Jesús 21, pero es evidente que los autores de las epístolas, que fueron los supuestos fundadores de esas comunidades, no tenían ningún interés en su bautismo, ni en sus milagros, ni sabían nada de su pelea en el templo, ni del Monte de los olivos, mencionado 11 veces en los evangelios, pero ni una sola vez en las epístolas, aunque en ellas se menciona dos veces el monte Sinaí, identificado explícitamente con la Jerusalén de ahora (Gál 4.24,25). Y aunque el relato de la pasión era lo que más les interesaba, como Roloff dice y subraya varias veces, en las epístolas nunca se mencionan ninguno de los pormenores de la pasión: ni la corona de espinas ni el letrero trilingüe, ni el Calvario, ni el sepulcro de José de Arimatea. Todo esto lo puede comprobar quienquiera.




Una edición del Nuevo Testamento (Versión oficial de la CEE), en la que la parte superior de cada libro tiene un color distinto. En azul las epístolas paulinas y en rojo las católicas. Se puede comprobar a simple vista que tienen las misma extensión que los tres sinópticos juntos, los tres primeros libros. A lo largo de la epístolas nunca aparecen las palabras Galilea ni Nazaret, lo que demuestra que la historia de Jesús era inventada.


Roloff 
resume y comenta muchas de las parábolas de los evangelios, la mayoría de las cuales tratan del reino de Dios.22 Las epístolas están plagadas de citas del Antiguo Testamento, y sin embargo en ellas nunca se cita ninguna parábola, a pesar de que también se refieren al reino de Dios. Tanto en 1Corintios como en Gálatas, por ejemplo, se hallan dos largas listas de todos los injustos y las obras de la carne que no pueden heredar el reino de Dios (1Co 6.9s; Gál 5.19s). Este silencio es todavía más revelador cuando los elementos de las parábolas son comunes a los de las epístolas. Por ejemplo, en las epístolas se habla de la simiente y de sembrar, e incluso es citado dos veces el antiguo proverbio: lo que el hombre siembre, esto también segará (Gál 6.7; 2Co 9.6), y sin embargo nunca se refieren a la parábola del sembrador. Y lo mismo sucede con la parábola de la oveja descarriada, citada por Roloff. Aunque los autores de las epístolas hablan de ovejas descarriadas, de los descarriados (πλανώμενοι, 1Pe 2.25; Heb 5.2; 2Ti 3.13; Ti 3.3), y de los perdidos (ἀπολλυμένοις, 1Co 1.18; 2Co 2.15, 4.3; 2Te 2.10), nunca se refieren a la parábola de la oveja descarriada o perdida (πλανώμενον, ἀπολωλός, Mt 18.12, Lc 15.4,6), ni a las ovejas perdidas de la casa de Israel o a las que no tienen pastor (Mt 10.6, 15.24; Mc 6.34, Mt 9.36).Y aunque en las epístolas se habla de la levadura (Gál 5.9; 1Co 5.6.s), nunca se menciona la parábola al respecto, citada por Roloff, ni la levadura de los fariseos (Mt 13.33; 16.6).
Y en cuanto a los milagros se puede objetar lo mismo que sobre las parábolas. A pesar de que los milagros están en relación directa con el anuncio del reino de Dios por parte de Jesús,23 a lo largo de las epístolas nunca se menciona ninguno de los numerosísimos 24 milagros que se narran de Jesús, silencio todavía más revelador si se tiene en cuenta que en ellas también se habla de los que hacen milagros (1Co 12.10,28,29; 2Co 12.12). Y no solo en el caso de las parábolas y los milagros, con cualquier tema se puede comprobar este silencio absoluto, y eso que muchos temas están interconectados. Así, por ejemplo, aunque en las epístolas se habla del bautismo y de bautizar, y de los que fueron bautizados en la nube y en el mar (1Co 10.2), en ellas no se dice nada del bautismo de Jesús en el Jordán, ni se menciona a Juan el Bautista. Y aunque en las epístolas se habla de la parusía, en ellas no se dice nada de lo que Jesús dijo de la parusía de sí mismo. Y aunque las epístolas tienen su fauna y su botánica propias, sus autores ignoran totalmente la fauna y la botánica propias de los evangelios. Por ejemplo, los autores de las epístolas no saben nada de las aves del cielo y los lirios del campo que no trabajan (οὐ κοπιῶσιν, Mt 6.28; Lc 12.27), citados por Roloff,25 puesto que ellos hablan de trabajar e insisten en la necesidad de trabajar (1Co 4.12; Ef 4.28; 2Te 3.10), ni del espíritu como paloma que descendía del cielo (Jn 1.32), que se relaciona explícitamente con el bautismo, ni de la parábola de la higuera, relacionada explícitamente con la parusía.
Otro de los silencios más llamativos de las epístolas es la ausencia de la expresión Hijo del hombre como un título para nombrar a Jesús (usada 80 veces en los evangelios). Roloff afirma que este título aparece en todos los sectores de la tradición de Jesús como un rasgo característico del lenguaje de Jesús.26 Pero es evidente que en las epístolas, en el sector más antiguo de tal tradición, se ignora totalmente este rasgo característico, puesto que sus autores conocían la expresión, sin referirla a Jesús (citan el Salmo 8, donde aparece, Heb 2.6).   
Pero el ejemplo más patente de este silencio delatador es la ausencia total de menciones de Nazaret y Galilea en las epístolas, allí donde se mencionan otras muchas ciudades y provincias (Ver JNE4)). Si en ellas se mencionan Acaya, Laodicea o Troas (8, 4 y 2 veces), nombres que nada significaban para la gnosis de Jesucristo (Fi 3.8), ¿por qué razón no se mencionan Galilea ni Nazaret, si eran los lugares donde se ubicó el mito, y donde vivió y enseñó el evangelio? El autor de las epístolas paulinas menciona los lugares donde él mismo enseñó el evangelio (Ro 15.19; 2Co 2.12; Fi 4.15), pero nunca los lugares donde enseñó Jesús. Roloff afirma que Jesús era un judío de Galilea,27 lo cual nunca se dice en las epístolas, aunque el supuesto autor de las mismas declara dos veces ser un judío de Tarso de Cilicia (Hechos, 21.39; 22.3), ni nunca se habla de la actividad de Jesús en Galilea, cosa que Roloff repite seis veces solo en el capítulo V de su libro,28 ni nunca se menciona a un Jesús de Nazaret, un dato que según Roloff estaba basado en la tradición más antigua,29 a la cual pertenecen las epístolas. El itinerario completo que se halla en Gálatas, o la lista de provincias y ciudades en 2Timoteo demuestran que los autores de las epístolas desconocían los lugares donde estuvo Jesús (sus itinerarios, dice Roloff 30), y las ciudades donde hizo muchos de sus milagros (Mt 11.20).
Una de las pruebas más concluyentes de que toda la historia de Jesús era inventada es la ausencia total de menciones de los discípulos de Jesús en las epístolas. Rolof se refiere multitud de veces a los discípulos, y hasta en 17 ocasiones utiliza la expresión círculo de discípulos (Jüngerkreis). La palabra discípulo (μαθητής), es usada, en plural, más de doscientas veces en los evangelios, pero en las epístolas no se usa ni una sola vez. Los autores de las epístolas no sabían que el Hijo de Dios había tenido doce discípulos, ni sabían nada del episodio del envío de sus doce discípulos (duplicado en Lucas), también comentado por Rofoff, puesto que en ellas también se habla muchas veces de los que fueron enviados (apóstolesde Cristo (ἀποστόλους, 2Co 11.13; 1Te2.6; Ju 17). Los autores de las epístolas ni siquiera sabían que Jesús había sido el maestro (διδάσκαλος) de estos discípulos, como es llamado multitud de veces en los evangelios, puesto que en las epístolas también se habla de los que son maestros (διδάσκαλοι / διδασκάλους). El autor de las espísolas paulinas incluso se llama a sí  mismo maestro (διδάσκαλος) de los gentiles (1Ti 2.2; 2Ti 1.11).
Y si se trata de mujeres, el silencio es el mismo. En este caso, incluso se podría decir que el inmenso vacío que hay entre las epístolas y los evangelios llega al máximo. En las epístolas no se mencionan nunca ninguna de las muchas mujeres que se hallan en los evangelios, aunque en ellas se identifica explícitamente a la Iglesia con una mujer (Ef 5.23s), Los autores de las epístolas no sabían que la madre de Jesús se llamaba María, puesto que en ellas se mencionan por su nombre a tu abuela Loida y tu madre Eunice (2Ti 1.5), y a otras muchas mujeres. Solo en la epístola a los Romanos se mencionan una María, Febe, Priscila, Trifena, Trifosa, Pérsida y Julia. Y también se mencionan por su nombre las mujeres bíblicas: Eva, Sara (cuatro veces), Agar, Rebeca, y la puta Rahab (dos veces). 
En las epístolas no se menciona nunca a María Magdalena, que desempeñó un importante papel en el movimiento de Jesús, como dice Rolloff,31 ni se menciona a la mujer cananea (Mr 7.24s), también mencionada por Roloff, que declara como indudablemente auténtico este relato,32 olvidando que él mismo asegura no es histórico. Tampoco se menciona nunca a la mujer de Betania, como no se mencionan nunca Betania ni Cafarnaúm, ni ninguno de los lugares y pueblos donde estuvo el Hijo de Dios, a pesar de nombar otros muchos lugares insignificantes para predicar el evangelio de Cristo (2Co 2.12), como Cencreas, Troas o Nicópolis.
Igualmente, aunque en las epístolas se habla con frecuencia de la muerte y resurrección de Jesús, no se mencionan nunca los relatos al respecto, ni la tumba de José de Arimatea, ni la de Lázaro, ni ninguna tumba. De hecho, la palabra tumba o sepulcro (μνημεῖον), usada 45 veces en los evangelios, casi todas ellas en los relatos de la sepultura y resurrección de Jesús, no se usa nunca en las epístolas. 
Citando el pasaje de Marcos sobre el precepto de ser esclavo de todos (Mc 10.44), Roloff afirma que se trata de una metáfora en la que Jesús se compara al esclavo.33 Ahora bien, aunque en las epístolas se habla de ser esclavos del pecado y de ser esclavos Dios o esclavos de Cristo (Ro 6.16s, Co 7.22; Gál 1.10, Ef 6.6) sus autores ignoran totalmente los pasajes de los evangelios referentes a los esclavos, y no sabían nada de ninguna de las muchas parábolas que hablan de esclavos. 
Por tanto, Roloff miente claramente cuando dice que Pablo tenía un cierto conocimiento básico de la historia de Jesús.34 Del mismo modo, Roloff falsea deliberadamente los textos cuando dice que el Jesús de la epístolas no es un ser mítico perteneciente a un mundo del más allá,35 puesto que, aparte de que el Jesús de las epístolas es el Señor, es decir, un mito como una catedral, en la misma epístola que él aduce para probar esto, sin ir más lejos, se afirma que ellos esperaban a Jesús de los cielos, y que este descenderá del cielo, con voz de arcángel y con trompeta de Dios (1Tes 1.10; 4.16).
Las epístolas desmienten la existencia de Jesús, pues si hubiera existido realmente, sería un hombre ya divinizado desde el primer momento (imagen y potencia de Dios), pero la deificación de un hombre nunca pudo ocurrir en el judaísmo. Decir que un hombre real era el Hijo de Dios era una blasfemia horrible, cosa que se dice explícitamente en los evangelios (Mt 26.65; Jn 10.36). De aquí el rechazo y oposición frontal de los judíos, enemigos del evangelio, que no creían en el mito de un Hijo de Dios (aquel en el que no han creído, su incredulidad, Ro 3.3; 10.14; 11.20,28). Si suponemos que las grandes epístolas fueron escritas en la década del año 50 (suposición falsa, pero aceptada por todos los historicistas), la divinización de Jesús habría ocurrido a menos de veinte años de distancia (a los que habría que restar los catorce mencionados en Gál 2.1) de la horrible muerte que lo desacreditaba, como dice Roloff,36 y según el libro de los Hechos inmediatamente después, pero esto es algo que nunca pudo suceder siendo un judío, y mucho menos en el caso de uno que fue crucificado, escándalo para los judíos, y locura para los griegos (1Co 1.23). Solo este hecho demuestra por sí solo que Jesús no existió ni pudo existir. 
El Jesús de los evangelios no era distinto del Jesús de las epístolas, sino igual de mítico. No era ni podía ser un Jesús terrenal, como lo llama Roloff,37 sino el Hijo de Dios, es decir, no era un hombre real, sino que era del cielo o celestial, y no terrenal (1Co 15.47). En las epístolas este mito se expresa así: Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo (Heb 9.24). Hasta que viniera el semen (donec veniret semen, Gál 3.19). El problema era que el Semen o Hijo (pneuma vivificante, en el cual estaba la vida, 1Co 15.45; Jn 1.4), ya había venido con el primer hombre, el terrenal (figura del que tenía que venir, Ro. 5.14), con lo que el mito se duplicaba, y el Hijo, siendo primogénito de toda creación, que existe antes de todas las cosas (Col 1.15s), se convertía en segundo y último hombre (1Co 15.45s), el Alfa y el Omega. De aquí la duplicación de la parusía, por lo que incluso cuando se inventó la historia de Jesús se mantenía esta ficción: Así vendrá como le habéis visto ir al cielo (Hechos, 1.11). La duplicación de la parusía prueba que la historia de Jesús era inventada. Las dos parusías eran la misma, puesto que los cristianos pensaban que vivían en el fin de los tiempos (1Co 10.11; 1Pe 4.7; 1Jn 2.18; Mt 24.34). Por esto las dos aparecen yuxtapuestas en los evangelios sin distinción. La expresión El que viene (ὁ ἐρχόμενος) se aplica a Jesús en los dos sentidos a la vez, presente y futuro (Mt 21.9; 23.39). Y así hallamos la absurda pregunta: ¿Eres tú el que ha de venir (ὁ ἐρχόμενος) o hemos de esperar a otro? (Mt 11.3, Lc 7.19bis), y al ficticio Jesús le preguntan por su propia parusía (παρουσία) o venida, como si no existiera, y este responde, como si lo supiera de antemano, que vendrá en las nubes como el relámpago (ἀστραπὴ, Mt 24.3,27,30). Este mismo evangelio dice del ángel del sepulcro que su aspecto era como un relámpago (ὡς ἀστραπή, Mt 28.3), lo que significa que su autor identificaba a Jesús con un ángel (Cf. Gál 4.14, Hechos, 27.23). El cuarto evangelio insiste en esta doble ficción: El que viene (ἐρχόμενος) del cielo, el que viene (ἐρχόμενος) al mundo (Jn 3.31; 6.14; 11.27). Sin embargo, las epístolas solo conocen la segunda venida, puesto que la primera no había ocurrido realmente. En efecto, este Jesús era el por-venir (τοῦ μέλλοντος Ro 5.14), no el que que había venido o el que descendió del cielo (Jn 3.13; 6.38). Celso, que vio con claridad que los evangelios eran totalmente ficciones y mitos,1 criticaba este mito así: Ni Dios, oh judíos y cristianos, ni ningún Hijo de Dios bajó ni va a bajar (Contra Celso, 5.2).
También la parusía de Satanás (παρουσία, 2Te 2.9) es descrita como un relámpago o rayo que cae del cielo (ὡς ἀστραπὴν, Lc 10.18, cf. Mt 28.3). Según Roloff, este logion sintetiza la visión vocacional de Jesús.38 Roloff, que traduce mal tal frase (como un rayo, y no como una estrella), afirma que este logion es apocalíptico, pero ignora adrede el paralelo con la parusía de Jesús, y su duplicación: el futuro visto como presente, o dicho con sus palabras, el presente se abre al futuro; anticipando el futuro ya en el presente; el futuro se proyecta ya en el presente.39 Por tanto, este logion, lejos de ser auténtico, y por la misma discrepancia que señala Roloff, muestra el mito del futuro reino de Dios situado en el presente, visto y presentado como una historia. El evangelio de Mateo lo expresa así: Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del tiempo (Mt 28.20). Según Orígenes, este enunciado era observado y realizado de hecho antes de su residencia o parusía.2 La expresión fin del tiempo (συντελείας τοῦ αἰῶνος) solamente es usada en este evangelio (5 veces), y siempre con un sentido explícito de futuro, pero la epístola a los Hebreos afirma que este fin de los tiempos (συντελείᾳ τῶν αἰώνων) ha ocurrido ahora (νῦν, Heb 9.26). Es decir, presente y futuro eran lo mismo, y por esto ellos creían que el Reino de Dios iba a aparecer inmediatamente (παραχρῆμα, Lc 19.11), y en aquel mismo tiempo (Mc 9.1; 13.30). Roloff parafrasea este texto y repite lo mismo: el Reino de Dios está tan inmediatamente cerca que actúa en el presente. El principio visible del fin del tiempo en el futuro inmediato, mientras vivía aún la generación presente.40 Por tanto, Jesús es presentado como un mito intemporal (en los tiempos eternos, Ro 16.25; 2Ti 1.9) situado a priori en un futuro inmediato, en el último día (ἐν τῇ ἐσχάτῃ ἡμέρᾳ, en la expresión favorita del cuarto evangelio), que era el día del juicio. Y este futuro era ya el presente: ahora (νῦν) es el juicio de este mundo (Jn 12.31). Entre uno y otro no había ni cuatro meses, porque los campos ya (ἤδη) están blancos para la siega (Jn 4.35). Por supuesto, los autores de las epístolas, aunque hablan juzgar a los ángeles (1Co 6.3; 2Pe 2.4), de segar (2Co 9.6, Gál 6.8), y del fin de los tiempos, que se acerca (τέλη τῶν αἰώνων, 1Co 10.11; 1Pe 4.7), no sabían que la siega es el fin del tiempo, ni que los segadores son ángeles (Mt 13.39, Ap 14.15). Ver JNE4, nota 4.
La parusía del Señor se acerca, cosa que esperaban con la paciencia del labrador (San 5.8, aunque ya se hablaba de tardanza, βραδυτῆτα, 2Pe 3.9; Mt 24.48; 25.5), lo que demuestra que nunca vieron realmente al Hijo de Dios crucificado y menos resucitado, porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? (Ro 8.24). Hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino. Desearéis ver uno de los días del Hijo del Hombre, y no lo veréis (Mt 16.28; Lc 17.22). Así pues, ni habían visto al Hijo del Hombre realmente, ni habían visto ninguno de sus días. Lo único que habían visto y tocado (y comido) era el Logos de la vida, que existía desde el principio, pero no al Hijo del Hombre, aunque eran lo mismo: el Semen o esperma de Dios (σπέρμα αὐτοῦ, semen ipsius, 1Jn 1.1, 3.9; 1Pe 1.23; Lc 8.11), que era también el Semen o Hijo del hombre. Ambos se podían sembrar (Gál 6.8, 1Pe 1.23), pero uno era sembrado en corrupción (1Co 15.42, Gál 6.8; 1Pe 1.23), y el otro lo comían y bebían (eucaristía, 1Co 10.3,4; 12.13; Jn 6.24). El Hijo de Dios no vio la corrupción (Hechos, 2.31; 13.37), y por tanto, no fue sembrado nunca en la carne (mujer o tierra), y no nació, como decían todos los gnósticos: el Señor no vino en carne y no nació de María.3 De aquí la necesidad de inventarse un nacimiento virginal (non ex semine hominisVer, y Ver). La Iglesia combatió el gnosticismo, pero defendió a ultranza este absurdo mito, prueba irrefutable de que Jesús no existió realmente: Todos los que piensan que nuestra carne no pudo existir en Cristo, porque no fue de semen de varón.4 El hecho de que un notable cristiano escribiera un libro sobre la carne de Cristo, contra los gnósticos, cuando el cristianismo era todavía muy reciente (hesterni sumus), demuestra que en la base original de esta religión había un mito y no un hombre real, pues nadie ha escrito nunca un libro para demostrar la realidad de la carne de un hombre, ni nadie ha discutido jamás si la carne de un hombre real era verdadera o imaginaria,5 pues eso sería ir contra una evidencia elemental.
Los evangelios sitúan la destrucción o desolación (ἐρήμωσις, Lc 21.20, cf. ἐρημώσεως, Mt 24.15) de Jerusalén, la parusía de Jesús y el fin del mundo ¡¡al mismo tiempo!! (Mc 13.30, par.). En los evangelios, cuando se utiliza la expresión El que viene (ὁ ἐρχόμενος), hay una alusión explícita a la guerra de Hadriano (y no a la de Vespasiano): vuestra casa quedará desierta, o desolada (ἔρημος, Mt 23.38, Lc 13.88). Fue la segunda guerra, y no la primera, la que tuvo consecuencias devastadoras para los judíos (Véase Judea). Vino sobre ellos la ira en extremo (1Te 2.16; Lc 21.23). Judea fue aniquilada: los que estén en Judea huyan a los montes (Mc 13.14, par.). Hadriano suprimió la provincia de Judea, abolió el judaísmo, prohibió la entrada de los judíos en Jerusalén: no entren en ella; será pisada por los gentiles (Lc 21.21,24), y puso una estatua de Júpiter en el Templo (como ya hizo Antíoco IV, y como dice Roloff también): la abominación de la desolación (ἐρημώσεως), puesta en el lugar santo (Mt 24.15 Mc 13.14). Para describir el fin del mundo, los evangelistas se inspiraron en esta terrible catástrofe (habrá entonces una gran tribulación, una gran calamidad, Mt 24.21: Lc 21.23). Asimismo, la destrucción de Judea está detrás de la parábola de la destrucción (ἀπολέσει) de los labradores malvados (Mr 12.9 par.). Todo esto demuestra que la datación tradicional de los evangelios es falsa. Roloff sitúa la redacción del evangelio de Marcos poco antes de la destrucción de Jesusalén (año 70),41 pero esto es falso, ya que la destrucción del templo es mencionada tres veces en este evangelio (destruatur, Mc 13.2; 14.58; 15.29). 
Posiblemente las fantasías mesiánicas (Roloff las llama expectativas) cristalizaron en el mito del Hijo de Dios en el período crítico de entreguerras, y poco después de la guerra de Hadriano alguien inventó una historia de este mito, partiendo de las Escrituras (Lc 24.27; Jn 1.45; 5.39), y escribiendo que el espíritu de Dios descendió del cielo y entró o ingresó en un hombre ficticio en el bautismo (Dios envió el Espíritu de su Hijo, el Espíritu de Cristo enviado del cielo, Dios envió a su Hijo unigénito el Semen: para que vivamos por él. En Cristo todos serán vivificados , Gál 4.4,6; 1Pe 1.11,12; 1Jn 4.9;14; 1Co 15.22). De hecho, el bautismo es el principio del evangelio de Marcos y de la actividad de Jesús. Cuando descendió la paloma quedó lleno de Espíritu santo (Lc 4.1; cf. Hechos, 2.4), y esto le confirió una extraña sabiduría y un extraordinario poder (sabiduría y poder de Dios; Mc 1.27; 6.2,14; 1Co 1.24). Esto era exactamente lo que decían los gnósticos (ver FCP, nota 3). Roloff cita el pasaje y hace una interpretación simplista de la paloma del espíritu. Según él, Jesús recibió su visión vocacional en el bautismo,42 lo cual le dio un poder especial (besonderen Vollmacht, ungewöhnliche). En los evangelios se dice repetidamente que los espíritus podían entrar y salir de un hombre (Mt 12.43s), y Jesús mismo es acusado de estar poseído por el Arconte de los demonios, un espíritu inmundo (Mc 3.22,30; Jn 7.20). Roloff cita este pasaje, y sin ver el mito, dice que como enviado de Dios, Jesús se enfrenta al demonio, y lo llama enviado escatológico de Dios,43  como representante de su futuro Reino (zukünftigen Königsherrschaft), como un Terminator venido del futuro. Roloff se explaya en este enfrentamiento de Jesús con Satanás, y habla de fuerzas o potencias antidivinas, como si fueran algo real.44 
Por último, como todos los historicistas, Roloff, aunque señala los relatos de los evangelios que no le parecen históricos, incluidos los relatos del nacimiento y la resurrección de Jesús, olvida la multitud de pasajes de las epístolas que demuestran que Jesús no había sido un hombre real, aparte de la explícita y omnipresente identificación de Jesús con el Hijo de Dios y con el Señor (Ro 10.9; Fi 2.11), es decir, con el mismo Dios. Por ejemplo, cuando se dice que Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios (1Co 1.24), puesto que esta sabiduría se contrapone explícitamente a la sabiduría de los hombres y a la del mundo. O cuando se dice que mientras habitamos en el cuerpo estamos ausentes del Señor (2Co 5.6). Si Jesús hubiera sido un hombre real, esto llevaría a la absurda conclusión de que estaba ausente de sí mismo mientras resídía (ἐνδημέω) en el cuerpo. Igualmente, la distinción explícita entre la imagen terrenal de Adán y la imagen celestial de Cristo (1Co 15.49) no sería posible si Jesús hubiera sido un hombre real o terrenal, y uno de mis contempóraneos (Gál 1.14). Y muchos ejemplos más.
Toda la historia de Jesús fue escrita según las Escrituras, lo que demuestra que esta historia era inventada. Todo esto sucedió para que se cumplieran las Escrituras (Mt 26.56; Lc 22.37; 24.27,44; Jn 5.39; Hechos, 26.22). Roloff aclara, ociosamente, que según las Escrituras significa según el testimonio del Antiguo Testamento,45 y admite que los relatos de la infancia son inverosímiles y no han leerse como información histórica, sino que deben de entenderse ante todo como cumplimiento de las promesas veterotestamentarias. Por eso son muy numerosas las alusiones y referencias al Antiguo Testamento.46 Y sin embargo, olvida que todos los relatos de los evangelios, desde el principio hasta el final, fueron escritos del mismo modo, cosa que se afirma explícita y repetidamente. Incluso la ubicación de Jesús en Galilea, de la que nada saben los autores de las epístolas, obedecía a esta norma ficticia de las Escrituras (Mt 4.14), y que esto era una invención lo demuestra el cuarto evangelio cuando dice, mediante el sarcasmo, que cuando venga el Cristo nadie sabrá de dónde es, y que de Galilea no se levantó un profeta (Jn 7.27,52).
Por último, aunque Roloff niega el carácter histórico de la resurrección, por su propia naturaleza (sie ihrem Wesen: una aparición irreal, Erscheinung), habla de las apariciones del Resucitado, expresión que utiliza tres veces en su libro,47 como si fueran algo real, y a continuación la eleva a la categoría de acontecimiento (Ereignis) escatológico por antonomasia.48 Una aparición o visión difícilmente pudo ser un acontecimiento histórico, por su propia naturaleza, y en este caso concreto se puede demostrar que solo era una ficción ilusoria y literaria inventada a partir de las Escrituras, como toda la historia de Jesús, cosa que se dice explícitamente muchas veces (Lc 24.27,44s; Jn 20.9; Hechos, 17.3; 1Co 15.4). Pero independientemente de que ocurriera según las Escrituras, la resurrección era una ficción en sí misma, incluso para los hombres de la antigüedad, pues saduceos y griegos se burlaban de tal disparate (Hechos, 4.2; 17.32; 23.8). El mismo Roloff señala que los saduceos la consideraban absurda.49 Celso la llamaba la esperanza de los gusanos (σκωλήκων ἡ ἐλπίς, Contra Celso, 5.14). Y ciertamente los fariseos no compartían esta creencia con Jesús, como afirma Roloff,50 pues se dice explícitamente que los fariseos lo consideraban un impostor (πλάνος) precisamente por esto, y que será la última impostura (πλάνη) peor que la primera (Mt 27.62s). Ni siquiera los discípulos que, según Roloff, vieron las apariciones, creían en esta ficción, cosa que se dice explícitamente (Mc 9.10; 16.11,14, Lc 24.11), lo que deja al descubierto la falsedad de 1Corintios. La resurrección era, además, una ficción doble, es decir, una ficción basada en otra ficción, formulada como condición sine qua non: Porque si no hay resurrección de los muertos, Cristo tampoco resucitó (1Co 15.13,16). Esta ficción está ligada a la historia de Jesús y no solo era su final (Ende), como señala innecesariamente Roloff, sino que estaba en su centro (in ihrem Zentrum), como también dice, lo que demuestra que esta historia estaba fundada en el mito, o dicho con sus palabras, determinada por la fe pascual. Sin este mito, toda la historia de Jesús quedaría reducida a nada. Para el autor de las epístolas paulinas, como dice Roloff, solo son importantes dos acontecimientos (Ereignisse) de la historia de Jesús: su muerte y su resurrección.51 Ahora bien, es evidente que la muerte de un hombre real no tendría ningún significado especial (besondere Bedeutung) distinto a la de cualquier otro, como el que tenía también la resurrección, y mucho menos en el caso de una muerte infame e ignominiosa que lo refutaba, como dice Roloff,52 puesto que la muerte pasó a todos los hombres por el pecado, y todos están bajo pecado (Ro 3.9; 5.12). 
Y en cuanto a las apariciones del Resucitado, los autores de las epístolas no sabían nada de las apariciones que narran los evangelios, ni del episodio del sepulcro (μνημεῖον, palabra que nunca se usa en las epístolas), ni de los episodios de Emaús o de Tomás, a pesar de que la resurrección es un tema central en las mismas, como Roloff señala. Tampoco sabían nada de María Magdalena, que según Roloff, desempeñó un papel importante en el movimiento de Jesús, a pesar de ser la primera testigo del Resucitado,53 y de mencionar por su nombre a otras muchas mujeres sin importancia, como Febe, Priscila, Apia, o la abuela y la madre de Timoteo.
Unidas en un mismo personaje, la resurrección, la parusía, y su caracterización divina (Hijo de Dios, e imagen de Dios) son las marcas inconfundibles de este mito. Ante esto, todos los historicistas se ven obligados a explicar el increíble paso De Jesús de Nazaret al Cristo de la Iglesia, título que usa Roloff en su libro. Detrás de esta ilusoria dicotomía, asumida por todos los historicistas, está el antiguo problema de la coexistencia en Jesús de dos naturalezas distintas, divina y humana, disputa que causó el primer cisma de la Iglesia (monofisismo), ya en el siglo V. Demasiado tarde Karl Rahner advertía de la necesidad de superar la fórmula «dos naturalezas-una persona» para evitar la impresión de que en la cristología ortodoxa contemos un mito antropomorfo (Escritos de teología I, p. 187). Ciertamente, los que se inventaron tal fórmula no tuvieron esa impresión. Esta absurda polémica demuestra que Jesús era originalmente un mito, pues nadie se plantea si un caballo es un centauro con dos naturalezas. Esta dualidad es imposible, como decía Ortega y Gasset. Decir que un hombre real tenía dos naturalezas sería un contrasentido evidente, puesto que el hombre y Dios, la carne y el espíritu, lo terrenal y lo celestial eran contrapuestos. Todos los textos cristianos exhiben una separación radical de ambos. 
La omnipresencia del mito del Hijo de Dios, el silencio absoluto de las epístolas y el testimonio irrefutable de los gnósticos, recogido en el Nuevo Testamento (No admiten que Jesucristo ha venido en carne, 1Jn 4.3 (RP), 2 Jn 7), y en todos los libros antiheréticos (El Logos no se hizo carne, no nació en carne)6, demuestran que Jesús nunca existió, y anulan el dudoso valor de los dos testimonios que, según Roloff, dejan sin base los ensayos, repetidos constantemente, de negar la historicidad de la persona de Jesús y de situar los escritos neotestamentarios en el reino de la ficción,54 como si el Reino de Dios y su representante el Hijo de Dios no pertenecieran de por sí al mundo de la ficción y del mito. La visión del mundo (Weltbild) del Nuevo Testamento es mítica (Bultmann).
Jesús murió y resucitó, no porque fuera un hombre real ni por una acción de Dios (sic), como afirma Roloff, sino porque Cristo era el esperma o semen (Gál 3.16; Lc 8.11; Hechos, 3.25), que era al mismo tiempo el Hijo de Dios (Ro 9.8; 1Jn 3.9) y el Hijo del Hombre, el esperma de Abraham y el de David (semen = hijo: el buen esperma, σπέρμα, son los hijos, Mt 13.38). El semen no contenía espermatozoides, sino pneuma o espíritu (Ver), por esto se dice que el espíritu es lo que da vida (Jn 6.63), y se habla de nacer del espíritu (Jn 3.6; Gál 4.29), o de sembrar en el espíritu (Gál 6.8), como contrapuesto a nacer y sembrar en la carne. En efecto, el esperma o semen muere y resucita, ya que lo que tú siembras, no se vivifica si no muere. (1Co 15.36s; Jn 12.24). Es decir, Cristo murió antes de nacer (primogénito de los muertos, Col 1.18), razón por la que se dice que hemos sido con-sepultados y com-plantados (co-engendrados) y con-morimos con Cristo (Ro 6.4,5,8; Col 2.12; 2Ti 2.11), y ya hemos resucitado (Ef 2.6; Col 2.12; 3.1). Y por esto algunos pensaban que la resurrección ya se ha realizado (2Tim 2.18). Para explicar la resurrección se emplea el ejemplo del esperma (σπερμάτων, 1Co 15.38), y para justificarla se cita el Salmo 2: Mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy (Hechos, 13.33), y la pregunta sobre la resurrección versa precisamente sobre siete hermanos que no dejaron esperma, y el que resucite esperma a su hermano, ἀναστήσει σπέρμα, resuscitet semen (Mt 22.24, Mc 12.19,22), y se habla de hijos de la resurrección (Lc 20.36). Resucitaré tu esperma, ἀναστήσω τὸ σπέρμα σου, suscitabo semen tuum (1Cr 17.11).
De aquí parte la confusión que llevó a la invención de un Jesús histórico, pero mítico: el Hijo de Dios, que ya estaba inventado en el judaísmo helenista. Filón llama explícitamente al Logos hombre de Dios (ἄνθρωπον θεοῦ), hijo primogénito (πρωτόγονον υἱόν), e imagen de Dios (εἰκὼν θεοῦ).7 Este hombre ficticio sería más tarde Jesús: el Hijo e imagen de Dios (2Co 4.4, Col 1.15), que no era un Hijo ni una imagen terrenal, sino celestial (1Co 15.47s). Es decir, no era un hombre real. Incluso el relato de la pasión, que según Roloff es la parte más antigua de la tradición narrativa de Jesús,55 fue copiado de un texto de Filón, una parodia sobre el Rey de los judíos (Agripa I), como es llamado precisamente el ficticio Jesús (Ver FAMJ). Como advierte Roloff, el llamamiento del Hijo de Dios desde Egipto no es histórico, pero indica el origen del cristianismo, el mismo lugar donde se hizo la traducción de la Septuaginta, base de las numerosas citas de los libros del NT, escritos todos en griego. Y por esta razón Eusebio conectaba directamente al evangelista Marcos y a Filón con la fundación de la Iglesia de Alejandría (HE., 2.16.1,2).


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1. όλως τε πλάσματα - πλασμάτων, ὡς οἴει, καὶ μύθων, Contra Celso, 3.27; 6.77; 8.45,47. 
2. ἔργῳ ἐσώζετο καὶ ἐγίνετο καὶ πρὸ τῆς ἐπιδημίας αὐτοῦ, Hom. in Jer., 9.1. 
3. ουδ’ ὅτι εἰς σάρκα ἦλθεν ὁ κύριος ουδ’ ὅτι ἐκ Μαρίας ἐγεννήθη, III Corintios, 1.14.
4. Non putant carnem nostram in Christo fuisse, quia non fuit ex viri semine. Tertuliano, De carne Christi, 16.
Los cristianos comparaban a Cristo con Adán (Ro 5.14; 1Co 15.22;45), y justificaban el nacimiento virginal con la creación de Adán (hijo de Dios, Lc 3.38), olvidando que si Adán no tuvo un padre humano, tampoco tuvo una madre, pues el varón no procede de la mujer (1Co 11.8). Los gnósticos decían que Adán nació de dos vírgenes, del espíritu y de la tierra virgen (Ev. de Felipe, 83), justo los dos Adanes de los que habla la epístola 1Corintios (15.45,47). Los cristianos afirmaban igualmente que Jesús nació del Espíritu (Mt 1.20; Lc 1.35) y de una (tierra) virgen (natus est de Spiritu sancto ex María virgine), pero al mismo tiempo rompían este mito al contraponer carne y espíritu, pues lo que nace de carne, carne esy el que es de la tierra, de la tierra es (Jn 3.6,31, Ro 8.1s). Esto demuestra que el gnosticismo fue el cristianismo original, y no al revés (salieron de nosotros, 1Jn 2.19). 
5. Ad probationem carnis humanae in Christo, carnis veritatem, nec imaginariae. De carne Christi, 6,8,15,20.
Tertuliano decía todo esto basado en el absurdo mito de un nacimiento virginal (sine viri semine), y en su homólogo, el mito de la encarnación (Dios se hizo hombre), que defendía con firmeza, aunque reconoce que era una estupidez (tam stultum quam credere in deum natum), y lo comparaba explícitamente con el mito de que Júpiter se hizo toro o cisne, diciendo que éste era más fácil de creer (facilius creditur Iuppiter taurus factus aut cycnus, Idem, 4), con lo que ratificaba el absurdo mito cristiano. Este enorme desvarío, ampliamente documentado y confirmado infinidad de veces, tanto positiva (en la doctrina de la Iglesia), como negativamente (en su lucha contra el gnosticismo), demuestra que todos los que decían que Jesús había sido un hombre real estaban mintiendo.
6. οὐχ ὁ Λόγος σὰρξ ἐγένετο, neque in carne natum. San Ireneo, Ad. haereses, 1.9.2; 3.11.3; 18.7.
7De confusione ling., 41; 63; 146. De Specialibus leg., 1, 81. De somniis, 1, 215. De agricultura, 51.

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Los números remiten a la edición alemana y española del libro.

1. Weil christlichem Glauben in Jesus Gott selbst in menschlicher Gestalt begegnet (p. 8/11)
2. Sein bleibendes Sein bei Gott. (p.8/10)
3. Die historische Intention steht im Dienst der kerygmatischen. (p. 17/23) 
4. Kerygmatische Absicht beherrscht allein das Feld. (p. 22/31)
5. Die wenigen Berichte über Jesu Wirken stehen ganz im Schatten der zahlreichen Offenbarungsreden (p.22/31)
6. Von daher ist der Quellenwert des Johannesevangeliums für die Geschichte Jesu sehr viel niedriger als der der Synoptiker anzusetzen. (p. 22/31) 
7. Jesus in einem entlegenen Winkel der antiken Welt gelebt. (p. 7/9)
In einem entlegenen Winkel des römischen Weltreiches. (p. 11.16)
8. Beide Erzählungen sind nicht nur unvereinbar; sie sind auch in ihren erzählerischen Details unwahrscheinlich. (p. 57/82)
9. Wir müssen sie hier beiseite lassen, weil sie ihrem Wesen nach das Raster historischer Fragestellungen durchbricht. (p. 117/170)
10.  Sie sind erstens durch den Glauben an Jesus geprägt. (p. 12/16)
Ihre Sicht auf Jesus ist also durch den Osterglauben bestimmt.  (p. 16/23)
11. Der Repräsentant der Gottesherrschaft. (p. 74/107; 89/129; 90/131; 118/172)
12. Er setzt vielmehr bei der alltäglichen Wirklichkeit ein, um sie der alles andere als alltäglichen Wirklichkeit der Gottesherrschaft entgegenzuführen. (p. 82/119)
13. Die historisch-kritische Forschung war damals zu der berechtigten Erkenntnis gekommen, dass die synoptischen Evangelien nicht als historische Quellen im modernen Sinn ausgewertet werden konnten, da sie bereits durch eine dogmatische Sicht der Gestalt Jesu bestimmt sind (W. Wrede). (p. 121/176)
14. Einerseits steht außer Frage, dass manche von ihnen so stark vom nachösterlichen Gemeindeglauben geprägt sind, dass sich ein unmittelbarer Rückschluss auf geschichtliche Vorgänge verbietet. (p. 86/125)
15. Nähe zu Gott. In diesem Sinn war die Bezeichnung im Judentum durchaus möglich. (p.118/172)
16. Jesus von Nazaret war ein Jude, der in der Religion und theologischen Vorstellungswelt seines zeitgenössischen Judentums tief verwurzelt war. (p.117/171) 
Die Verwurzdung Jesu im zeitgenössischen Judentum. (p. 122/178)
17. Als die Gegner Jesu schlechthin charakterisiert (p. 42/61)
18. Tod und Auferweckung - diese beiden Themen sind es, auf die sich die Aussagen des Paulus über Jesus auch sonst durchwegs konzentrieren. (p.13/19)
Zwar nimmt er nur selten direkt Bezug auf die Jesusüberlieferung. (p. 14/20)
19. Lässt dies darauf schließen, dass Paulus und seine Gemeinden von Einzelheiten der Geschichte Jesu nichts wussten? (p. 14/20)
20. Jesus nicht nur eine für die Ursprünge des christlichen Glaubens maßgebliche Gestalt, sondern dessen zentraler Gegenstand und Inhalt ist. (p. 7/10)
Erscheint Jesus zuallererst als Mitte und Bezugspunkt christlichen Glaubens. (p. 13/18)
21. Sie knüpft an das Interesse an, das in den Gemeinden an den Grunddaten der Geschichte Jesu  -vorab seiner Leidensgeschichte- von Anfang an lebendig war. (p. 17/24)
22. In den meisten von ihnen geht es um die Gottesherrschaft. (p. 82/118)
23. Die Exorzismen stehen in einem unmittelbaren Zusammenhang mit der Reich-Gottes-Verkündigung Jesu.
24. Überaus zahlreichen (p. 86/125) 
25. P. 79/114. 
26. Sie erscheint in allen Bereichen der Jesusüberlieferung (z. B. auch ThEv 86 ) als charakteristisches Sprachmerkmal Jesu. (p. 119/172).
27. Jesus war ein galiläischer Jude. Jesus von Nazaret war ein Jude. (p. 32/46)
28. Wirken in Galiläa, galiläischen Wirken. (p. 63, 64, 70bis, 71bis / 91,  93, 101,102, 103bis) 
29. Zuverlässig, weil fest in ältester Überlieferung verankert, sind lediglich die Angaben über Jesu Herkunft aus Nazaret. (p. 54/78)
30. Seine Reiserouten. (p. 65/93)
31. Sie hat also sicher in der Jesusbewegung eine - der des Simon Petrus vergleichbare - wichtige Rolle gespielt. (p. 69/100)
32. Von hier aus wird die - in ihrem Kern wohl authentische Anekdote von der Begegnung Jesu mit einer heidnischen Frau verständlich. (p.94/136)
33. Es verweist zurück auf eine Metaphorik, mit der Jesus seine eigene Funktion und Sendung dargestellt hat: Er gleicht dem Sklaven. (97/140)
34. Darüber hinaus hatte Paulus auch eine gewisse Grundkenntnis der Geschichte Jesu. (p. 15/22)
35. Dass dieser Jesus kein einer jenseitigen Welt zugehöriges mythisches Wesen ist. (p. 13/18)
36. Dem durch sein schmachvolles Sterben scheinbar Widerlegten. (p.119/173)
37. Des irdischen Jesus.(p.120/174), 
38. Dieses Logion die Berufungsvision Jesu zusammenfasst. (p. 73/106)
39. Zukunft vorwegnehmend, bereits in die Gegenwart ein. (p. 74/107)
Die Zukunft bereits in die Gegenwart hineinragt. (p. 82/118)
Öffnet sich die Gegenwart - Zukunft hin. (90/130)
40. Dass die nahe Gottesherrschaft bereits in die Gegenwart hineinwirke. 
Die Königsherrschaft hingegen so unmittelbar nahe, dass sie in die Gegenwart hineinwirkt. (p. 63/91)
Er hat den sichtbaren Anbruch der Endzeit in allernächster Zukunft, noch innerhalb der gegenwärtig lebenden Generation, erwartet. (p. 75/108)
41. Markus dürfte sein Evangelium kurz vor der Zerstörung Jerusalems (70 n. Chr.). (p.21/30)
42. Die Berufungsvision Jesu, ... die ihm möglicherweise bei seiner Taufe zuteil geworden ist. (73/106)
Für Jesus die Taufe ein Berufungserlebnis gewesen ist. (p. 62/90)
43. Als Gesandter Gottes tritt Jesus dem Dämon gegenüber. Endzeitliehen Gesandten Gottes (p. 88, 89/128, 129)
44. Widergöttlicher Mächte/Kräfte. (p. 73, 77, 88, 89/106, 112, 128, 129)
Mächte des Bösen; dämonischer Mächte. (p. 73, 78/106, 113; 90/130)
45."Nach den Schriften" [d. h . gemäß dem Zeugnis des Alten Testaments] (p. 13/19)
46. Für beide Vorgeschichten gilt: Man wird ihnen nur dann gerecht, wenn man sie nicht als historische Information.
Diese Geschichte will vor allem als Erfüllung alttestamentlicher Verheißungen verstanden werden. Deshalb treten in den Vorgeschichten Bezüge und Hinweise auf das Alte Testament in großer Dichte auf. (p. 58/84)
47. Die Erscheinungen des Auferstandenen. (p. 13/19 ;119,120/173,174)
48. Das eschatologische Ereignis schlechthin. (p. 120/174)  ---18
49. Diese als absurd zu diskreditieren. (p. 41/59)
50. Jesus teilte nicht nur, wie erwähnt, ihre Auferstehungshoffnung. (p.42/61)
51. Wichtig sind demnach nur zwei Ereignisse aus der Geschichte Jesu....  Tod und Auferweckung. (p.13/18)
52. Er -der Sohn Gottes- hat den ehrlosen Tod eines aus der menschlichen Gesellschaft ausgestoßenen Verbrechers erlitten. (p.14/19)
Dem durch sein schmachvolles Sterben scheinbar Widerlegten. (p.119/173)
53. Darüber hinaus wird sie in Teilen der Überlieferung als (erste ?) Zeugin des Auferstandenen benannt. (p. 69/100)
54. So bescheiden die Zeugnisse der beiden römischen Historiker auch sind - sie nehmen den immer wieder angestellten Versuchen, die Geschichtlichkeit der Person Jesu zu bestreiten und das Zeugnis der neutestamentlichen Schriften im Bereich der Fiktionalität anzusiedeln (p. 31/44)
55. Dass die Passionsgeschichte der ältesten Teil der erzählenden Jesusüberlieferung ist. (p. 15/21)


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En esta página, Pink Narcissus y Black Narcissus, dos obras de Tim Noble & Sue Webster.

Publicado 01.03.2023



16 febrero 2026

Le Clément de Saint-Marcq: Eucaristía y espermatofagia





















τοῦ θεοῦ σπέρμα, ὁ λόγος
el esperma de Dios, el Logos
San Justino, Apología I 32.8

Priscillianus innascibilem esse Filium dixit
Prisciliano dijo que el Hijo es innascible
Concilio de Toledo I 

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Le Clément de Saint-Marcq: Eucaristía y espermatofagia


Según Marco Pasi, Le Clément, al que llama El Caballero de la espermatofagia (The Knight of Spermatophagy), publicó La Eucar
istía en 1906, pero la idea principal que Le Clément expone en este folleto está ya implícita en el cuadro de Delville La escuela de Platón, de 1898, donde claramente este pinta a Jesús y los doce discípulos, desnudos y con caracteres andróginos, y que parece una representación esotérica de la tesis de Le Clément, pues él mismo habla de aquellos que ya conocen el misterio que vamos desvelar
Resumida por Marco Pasi, la tesis de Le Clément es esta:
Durante la última cena, Jesucristo no ofreció pan ni vino a los apóstoles como símbolos de su cuerpo y su sangre. Lo que Jesús realmente ofreció en esa ocasión, que se convertiría en el modelo de la ceremonia central del cristianismo durante siglos, fue su esperma. Desde entonces, la práctica de la espermatofagia (literalmente, ingerir esperma) ha sido la práctica ritual central, aunque oculta, del sacerdocio católico. Pero también se pueden encontrar referencias a esta práctica en todas las tradiciones religiosas del mundo.

Le Clément no menciona la última cena en su folleto, y para él las palabras sobre las cuales está fundada la institución de la eucaristía no son los relatos sinópticos, sino el evangelio de Juan. Sin embargo, el autor de este evangelio sitúa la eucaristía fuera, mucho antes y muy lejos del relato de la última cena, y a diferencia de los sinópticos, relaciona explícitamente el cuerpo de Jesús y la eucaristía con la resurrección (Jn 2.21; 6.54). Esta notoria discrepancia demuestra que el autor del cuarto evangelio sabía que el relato sinóptico de la eucaristía no era real.

La espermatofagia se puede inferir fácilmente de los textos del Nuevo Testamento, ya que Cristo era el esperma (Gál 3.16; 1Jn 3.9), el sembrador y la semilla al mismo tiempo (Mt 13.37; Lc 8.11), el Esposo y el agua viva al mismo tiempo (Mt 25s; Jn 4.10s), pero Le Clément tuvo la osadía de publicar lo que nadie se había atrevido a decir antes, como él mismo declara: junto a lo que se dice, está lo que no se dice. El gran error de Le Clément fue pensar que Jesús había existido realmente, lo que convierte su tesis en una aberración totalmente imposible, tan inverosímil como el cuadro de Delville, y tan insostenible como el dogma de la hostia, al que llama una aberración colectiva, y al que ataca duramente diciendo que es una lamentable y torpe invención (cette invention pitoyable et maladroite). Si Jesús hubiera sido un hombre histórico nunca habría sido presentado como el esperma mismo, el Logos de la vida 
(λγου τῆς ζωῆς) por el que fueron creadas todas las cosas (Jn 1.1-4; 1Jn 1.1; 1Co 8.6; Col 1.16 ), es decir, el Hijo de Dios, que era también el Hijo del Hombre, pues el hijo de un hombre es su semen (semen suum, Lc 8.5), como se dice explícitamente en el primer evangelio: El buen esperma son los hijos (Mt 13.36). Por esto se dice que existimos por medio de él, y somos com-plantados con él (σμφυτοι, Ro 6.5; 1Co 8.6). Esto es un hecho tan evidente que no necesita ser probado, pero en este caso lo demuestra la infinidad de veces que en la Biblia se habla de los hijos. Así, por ejemplo, en Isaías 61, un texto especialmente querido por los cristianos, pues lo pusieron en boca del ficticio Jesús literalmente como una escritura que se cumplía en él mismo (Lc 4.18s), leemos lo siguiente, donde la palabra esperma o semen es sinónima de hijos:

καὶ γνωσθήσεται ἐν τοῖς ἔθνεσιν τὸ σπέρμα αὐτῶν, καὶ τὰ ἔκγονα αὐτῶν ἐν μέσῳ τῶν λαῶν· πᾶς ὁ ὁρῶν αὐτοὺς ἐπιγνώσεται αὐτούς, ὅτι οὗτοί εἰσιν σπέρμα ηὐλογημένον ὑπὸ θεοῦ.
Et scient in gentibus semen eorum, et germen eorum in medio populorum ; omnes qui viderint eos cognoscent illos, quia isti sunt semen cui benedixit Dominus.
Y se conocerá en las gentes el esperma de ellos, y la progenie de ellos en medio de los pueblos, todos los que los vieren, reconocerán que éstos son esperma bendito de Dios.

Le Clemént expone su tesis así:
La simiente procreadora del hombre es una materia comestible, semisólida, semilíquida, que por tanto puede ser comida o bebida; es a la vez carne y sangre del hombre del que proviene, porque en ella se encuentra el germen de su posible descendencia, que es carne de su carne y fruto de su sangre. Así pues, sólo bajo las especies de esperma la carne de Jesucristo podía ser verdaderamente un alimento y su sangre verdaderamente una bebida.
La tesis de Le Clemént es correcta, pero parte de una idea equivocada de lo que era el semen para el hombre de la antigüedad, ignorando la relación que había entre semen y pneuma (espíritu), que era la misma que había entre la carne (tierra) y el útero. El componente vital del semen era el pneuma, por lo que ambos se identificaban, y es fundamental tener en cuenta que la tierra y el vientre materno también se identificaban, y este era visto como el taller de la naturaleza.
En sentido estricto, el semen no era la carne y la sangre de un hombre, sino el alma, el principio vital o Logos de la vida, por esto se hablaba del logos spermatikos (Véase). La carne o materia corría siempre a cargo de la mujer, precisamente por esta identidad. El hombre ponía el proyecto, la forma o estructura, la razón o logos, y la mujer el material, y por esto se decía que el hombre estaba hecho de tierra, y su carne era tierra. El semen del hombre solo se hacía carne de su carne en su unión con la mujer, o con una prostituta (Ef 5.31, 1Co 6.16), que para el autor de 1Corintios era lo mismo. Decir que lo que ha nacido de la carne, carne es, equivalía a el que es de la tierra, tierra es (Jn 3.6,31), lo cual era una negación evidente de la encarnación, porque la carne no sirve para nada, y el espíritu es lo que hace la vida (τὸ ζῳοποιοῦν, Jn 6.63). Pero la tierra era también la tumba, donde era enterraba y moría la semilla (Jn 12.24; 1Co 15.36-38). Y así nacía el mito.
 
Gracias a Epifanio, al que Le Clément menciona, sabemos que la espermatofagia ritual se practicaba realmente entre los gnósticos, los cuales negaban que Jesús hubiera existido realmente (neque autem natum neque incarnatum dicunt illum), pero esta práctica no respondía a ningún hecho real ni a ningún hombre real, lo cual sería un disparate tan escandaloso y absurdo como si la eucaristía consitiera en comer la carne de un hombre real (antropofagia). 
Le Clément comienza citando por extenso el cuarto evangelio en apoyo de su tesis. La  clave de esta práctica, según él, se encuentra en el versísulo 6.56: El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece (ἐν ἐμοὶ μένει) y yo en él, pero olvida que esta misma clave se encuentra en 1Juan 3.9 referida explícitamente al semen: todo el que ha nacido de Dios no hace pecado, porque su esperma (σπέρμα αὐτοῦ / semen ipsius permanece en él (ἐν αὐτῷ μένει).
Le Clément se hace la misma pregunta que en evangelio de Juan: ¿Cómo puede este darnos a comer su carne (Jn 6.52), si lo interpretamos literalmente: sin cortarse, sin arrancarse un miembro, sin herirse, sin dañar la integridad física de su cuerpo? Este problema, dice, tiene una solución y solo una: La carne y la sangre de un hombre podía ser comida y bebida solo bajo las especies de esperma. Pero aunque da la solución correcta, Le Clément, ignorando las teorías sobre el esperma en la Antigüedad, no ha visto que el autor de este evangelio da esa misma solución a continuación cuando dice que el espíritu es lo que hace la vida (τὸ ζῳοποιοῦν) y que la carne no sirve para nada (Jn 6.52,63), y al presentar aquí mismo a Jesús como el pan de la vida (Jn 6.35,48,51) está diciendo claramente en qué consistía la verdadera eucaristía. Por esto el esperma, y la eucaristía misma, se relacionaba explícitamente con la resurrección (Jn 6.54; 1Co 15.37,38), porque comiendo la santa sustancia que los inmortaliza, el principio de la inmortalidad, como dice Le Clément, ya habían resucitado (Ef.2.6; Col 2.12; 3.1). 

Sin embargo, Le Clément no considera que la idea de que un hombre real salió vivo de la tumba, o de revivir más alla de la muerte (o sea, la resurrección), era una ficción mucho más tonta que el dogma de la hostia, al que el critica ferozmente, y que si Jesús hubiera sido un hombre real la eucaristía no tendría ningún sentido, puesto que el semen está en todos los hombres, y no sería posible establecer un vínculo de unión entre el hombre y Dios por la espermatofagia, como dice, ni sería posible ninguna asimilación personal a la Divinidad, puesto que un hombre no podía ser Dios, y mucho menos un judío poseído por el Arconte de los demonios (Satanás, Mr 3.22). Y por la misma razón, la eucaristía no sería necesaria para reemplazar a Jesús y conseguir la extensión indefinida de la persona de Jesús, ni sería necesaria la transmisión secreta de la persona de Jesús, para convertirse en un nuevo cuerpo de Cristo, como dice. Esto sería más absurdo todavía que el dogma de la hostia, porque si Jesús hubiera sido un hombre real, su Divinidad (sa Divinité) sería una ficción evidente para cualquiera, y más para los judíos, que no creían en la divinidad de ningún hombre. La idea de que un hombre real fuera igual a Dios (æqualem se faciens Deo) o Hijo de Dios era una blasfemia horrible para los judíos (Jn 5.18; Jn 12.33,36). Igual de absurdo sería decir que comiendo el semen cualquiera podría transmitir indefinidamente el genio de Platón o el de cualquier otro. Incluso Le Clément señala que una tesis así reducida del símbolo de la hostia, como el genio del artista está presente en la obra, no tendría en sí misma nada de razonable ni de obvia. Así pues, la base mística de la eucaristía no consistía en una transmisión, sino en una transformación o metamorfosis radical, de gloria en gloria (μεταμορφούμεθα, 2Co 3.18; Fi 3.31), para conventirse en hijos de Dios por asimilación del Hijo de Dios, es decir, comiendo y bebiendo el agua de la vida, el pan de la vida, y el pneuma de la vida, denominaciones de lo mismo, como es obvio. Por esto se hablaba de el que ha nacido del pneuma, y de un segundo nacimiento: entrar por segunda vez (δεύτερον) en el vientre de su madre, y nacer (Jn 3.4-8), o se decía que toda la creación sufre dolores de parto (συνωδίνει) por los hijos de Dios (Ro 8.19-22). La esencia de la eucaristía no era la transmisión indefinida de la persona de Jesús, como erróneamente piensa Le Clement (que repite dos veces esta tontería), sino obtener la inmortalidad (es decir, la vida eterna), ya que el semen era, como dice Le Clément, el principio de la inmortalidad. Por esto se dice que el que tiene al Hijo, tiene vida eterna (1Jn 5.11,12; Ro 6.23), y que el que siembra en el pneuma, del pneuma segará vida eterna (nótese el verbo, seminat in spiritu, Gál 6.8).

En cualquier caso, si Jesús hubiera sido un hombre real, la eucaristía ya no sería una unión con Dios, sino con un hombre como otro cualquiera, pues todos los hombres (πάντας ἀνθρώπους ) están bajo pecado (Ro 3.9; 5.12,18). Por tanto, la eucaristía esotérica sería una mentira mayor que la eucaristía exotérica, pues todavía en esta se creía que la divinidad estaba presente en la hostia, y así se mantenía la ilusión teofágica (l’illusion théophagique).
Le Clément vio acertadamente lo que había detrás de la eucaristía, cubierto bajo una enorme capa de mentira, pero no vio la base mística de la eucaristía: el Logos de la vida, que era Dios, es decir, el Hijo de Dios (que era tambien el Hijo del hombre), que existía desde el principio y antes que todas las cosas (Jn 1.1; 1Jn 1.1; 2.13; Col 1.17), y en su lugar vio erróneamente a un hombre imaginario que nunca existió y del que nada sabían los autores de las epístolas, como lo demuestra el hecho de que en ellas nunca se mencionan Galilea ni Nazaret, ni ninguno de los muchos milagros y parábolas que le adscriben los evangelios, a pesar de la estrecha concomitancia entre las epístolas y estos. Igualmente, los autores de las epístolas no sabían nada de episodios principales de los evangelios, como el bautismo o la crucifixión, y sus pormenores, a pesar de hablar a menudo del bautismo, y repetidas veces de Cristo crucificado, y de la cruz de Cristo (1Co 1.18,23; Gál 3.1; Fi.18). En efecto, cualquiera puede comprobar que en las epístolas nunca se mencionan Juan el Bautista, ni María Magdalena, ni José de Arimatea, ni nunca se habla de la paloma del espíritu, ni del Calvario, ni del sepulcro. De hecho, la palabra sepulcro o tumba (μνημεῖον), usada multitud de veces (45) en los evangelios, no se usa nunca en las epístolas. Y cualquiera puede comprobar que en toda la extensión de las epístolas nunca se habla de un profeta de Nazaret o de un mártir del Calvario, como hace de forma trivial Le Clément en su breve ensayo (no más extenso que la epístola a los Romanos, a la que cita).

El cuerpo de Cristo no era real, sino un cuerpo espiritual (σῶμα πνευματικόν, 1Co 15.44). El cuerpo real de Cristo, su verdadera carne, era la Iglesia, vista como una mujer (Ef 1.23; 5.30, Véase: GPM2 GPM3), como dice Le Clément al final de su ensayo. El semen era otra cosa muy distinta: el Logos de la vida (λόγου τῆς ζωῆς, 1Jn 1.1), y el espíritu de la vida (πνεύματος τῆς ζωῆς, Ro 8.2), es decir, era el mismo Cristo: y a tu esperma, que es Cristo (Gál 3.16). 
Le Clément no entendió lo que significaba que el espíritu es lo que hace la vida (τὸ ζῳοποιοῦν, Jn 6.63), y que el segundo hombre, que existía antes de todas las cosas, es decir, antes que el primero, era exactamente lo mismo: espíritu que hace la vida (πνεῦμα ζῳοποιοῦν, 1Co 15.45; 2Co 3.17; Col 1.17). Este segundo hombre, el Hijo de Dios, no era un hombre real, sino una ficción inventada por los cristianos: os inventáis un Cristo para vosotros mismos (D. con Trifón, 8). Pero él dirá que estas cosas son ficciones y que en nada se distinguen de los mitos (Contra Celso, 6.67).

Le Clément reconoce que esta práctica no era nueva, ni Jesús había sido su inventor, y a continuación se pone a rastrear las alusiones a la espermatofagia sagrada que hay en el Antiguo Testamento, y en el Bhagavad-Gita, al que cita por extenso, donde encontramos en un lenguaje más explícito la misma práctica tradicional de la espermatofagia sagrada, y después alude, acertadamente, al culto fálico. Y a continuación hace una breve y estúpida divagación en la que asocia la espermatofagia a los fenómenos espiritistas. Él mismo dice, en la dedicatoria, haber practicado la escritura mediúmnica, aunque es evidente que el folleto de La eucaristía no lo escribió así. Mantener a principios del siglo XX la existencia de una población espiritual de seres invisibles era una estupidez ingente, y más si el autor se presenta a sí mismo como un racionalista, y apela varias veces a la razón, como hace aquí mismo (méthode conforme à la raison). 
Sin embargo, el hombre de la antigüedad asociaba efectivamente el espíritu y el semen, y es lógico que la espermatofagia se asociara a fenómenos espiritistas (dones espirituales y exorcismos), como lo demuestra la descripción tendenciosa que san Ireneo hace de las prácticas del gnóstico Marcos. En 1Corintios los dones espirituales están asociados explícitamente al ágape: Buscad el amor (ἀγάπην, 1Co 14.1).
En la literatura clásica, de filosofía y medicina, y en la literatura patrística, hay multidud de pasajes que asocian el semen y el espíritu (Semen patris omnium, id est spiritus Dei. Ex patris dei semine, id est spiritu. San Ireneo, Ad. haer., 4.30.2. Tertuliano, De carne Christi, 18.2). Asimismo, en el Nuevo Testamento hay muchos pasajes en los que se presenta el espíritu como un agente o principio activo: positivo o benigno (espíritu santo o ángel), o negativo o maligno (espíritu inmundo o demonio). Si hablaba, el espíritu se convertía automáticamente en un ángel o en un demonio. Por esta razón, en los relatos de la infancia intervienen los dos, el espíritu santo y el ángel parlanchín. Y aquí el espíritu santo es descrito como un sustituto del semen humano, como decía Tertuliano: sobraba el semen de varón ante quien tenía el semen de Dios (vacabat enim semen viri apud habentem dei semen, De carne Christi, 18.2). Los dos relatos de la infancia tuvieron que ser inventados para combatir a los gnósticos, que no reconocían el nacimiento de Jesús, ni el virginal ni ningún otro, lo equivalía a decir que toda la historia de Jesús era ficticia y que no había sucedido realmente. Sin embargo, el mito de un nacimiento virginal sin semen (sine virili semine), equivalía a decir lo mismo, puesto que sin semen no podía nacer ningún hombre. Este mito, extraño al judaísmo, fue defendido a ultranza por la Iglesia desde el principio, y era contrario a la idea de ser un hijo de David, del esperma de David (ἐκ σπέρματος Δαυὶδ, Jn 7.42; Ro 1.3), lo que demuestra que los evangelistas eran conscientes de que estaban narrando un mito, y se vieron forzados a inventarse un nacimiento virginal, porque el Hijo de Dios no conoció el pecado ni vio la corrupción (2Co 5.21; Hechos, 14.37). El autor del cuarto evangelio conocía estos relatos (hijo de José, de Nazaret, Jn 1.45), pero los rechaza de forma categórica diciendo que lo que ha nacido de la carne, carne es, y que el que es de la tierra, tierra es (Jn 3.6,31), lo que equivalía a decir que Jesús no había nacido realmente, y declarando solemnemente que Jesús no era de este mundo, es decir, no era un hombre real, sino el Logos de la vida, que era Dios, y existía antes que todas las cosas (Jn 1.1; 8.23,58; 1Jn 1.1; Col 1.17).

Por último, Le Clément pasa a hablar del ágape original: Andad en amor (ἐν ἀγάπῃ, Ef 5.2). Citando la epístola a los Romanos 1.24-27 como prueba de lo actos que allí se realizaban, donde se condena a aquellos que no habían cometido otro delito que hacer lo que se hacía en cada ágape. Y aunque lo mismo se deduce fácilmente de otros pasajes (Ef 4.17-20; 1Pe 4.2-4), de este pasaje Le Clément deduce el recurso de un doble rasero (duplicité morale) que ocultaba lo que realmente se hacía en cada ágape, cosa que Le Clement demuestra de modo fehaciente citando el pasaje de 1Corintios 5.1,9 al respecto. La situación descrita por Le Clément se ajusta perfectamente a la idea de servir con la carne a la ley pecado (Ro 7.25), y coincide con la situación muy similar descrita en otros pasajes, aunque no los cita, como cuando se habla de los que no se han arrepentido de la inmundicia y fornicación y lascivia que han cometido (2Co 12.21), o cuando se ordena que os aparteis (ἀπέχεσθαι) de la fornicación, y que cada uno sepa tener su propio cuerpo (σκεῦος, lit. vaso) en santidad, no en pasión de concupiscencia, como los gentiles, lo cual se relaciona explícitamente con el ágape fraternal: habéis aprendido de Dios a amaros unos a otros (ἀγαπᾷν ἀλλήλους, 1Te 4.3-9). Y también en la epístola 1Pedro, donde se habla explícitamente de re-nacer de un semen incorruptible y del ágape, se ordena que os abstengais (ἀπέχεσθαι, el mismo verbo usado en 1Te 4.3) de los deseos carnales, para acallar a los que mumuran de vosotros como de malhechores (1Pe 2.11,12; 3.16; 4.14), comentarios maliciosos sobre las escenas de libertinaje a las que se refiere Le Clément: el ruido de las cosas extrañas que sucedían en los misterios cristianos, y la mala fama del culto secreto, que los escribas a sueldo de la Iglesia, para salvar su reputación, arrojaron sobre las sectas heréticas (cf. 2Pe 2.2). Nos difaman (1Co 4.13). Para contrarrestar esta mala fama, la comunidad cristiana pronto se vio obligada a afirmar que tales actos eran inmorales. Sin embargo, como dice Le Clément, ellos no veían en sus acciones rituales un lado bajo, grosero y reprensible. No se trataba de actos inmorales, sino de sacrificios espirituales (spirituales hostias, 1Pe 2.5). Al contrario, estos actos eran un sacrificio vivo (hostiam viventem, Ro 12.1) a Dios, un sacrificio por los pecados (pro peccatis hostia, Heb 10.12,26), que era precisamente lo que significa la palabra hostia, como lo recuerda Le Clément al principio de su folleto. En Efesios 5.2 se relaciona explícitamente este sacrificio (hostiam) con el ágape: Andad en amor (ἐν ἀγάπῃ), y acto seguido se advierte contra la fornicación. 
Leídas desde esta perspectiva, la epístola de Judas y su adlátere, la epístola 2Pedro, una copia ampliada, cobran una dimensión inusitada, aunque Le Clément las ha pasado por alto, inexplicablemente. La epístola de Judas está dirigida explícitamente contra los que convierten en libertinaje (ἀσέλγειαν) la gracia de nuestro Dios (4), estos son manchas en vuestros ágapes (ἀγάπαις, 12), aquellos que han fornicado como Sodoma y Gomorra, y cometen los mismos vicios contra naturaleza denunciados en Romanos. La palabra que se traduce por libertinaje o lascivia (ἀσέλγεια), asociada a la fornicación (2Co 12.21, Gál 5.19), se emplea nueve veces en las epístolas, cuatro de ellas en estas dos epístolas (que la Vulgata traduce como lujuria), lo cual da una idea de su obsesión. La epístola 2Pedro identifica estos libertinos con los herejes (αἱρέσεις, 2.1), que seducen con los deseos y lascivias de la carne (2.18). Las dos epístolas utilizan un lenguaje igual de grosero e insultante que el usado en el pasaje de Romanos, como dice Le Clément, con la diferencia de que aquí se trata de hombres que pertenecían a la misma comunidad cristiana, lo que demostraría la clase de actos que se hacían en vuestros ágapes

Finalmente, Le Clément da una explicación plausible de por qué el agapé orginal tuvo que ser sustituido por la misa, y la sustitución de la verdadera eucaristía por la enorme mentira de la hostia (ce mensonge énorme, le grossier mensonge). Recuerda que el Concilio de Laodicea abolió la costumbre de colocar camas en las iglesias para hacer el ágape más cómodamente (Canon 28: Non decet in dominicis ecclesiis agapem facere et intus manducare vel accubitus sternere. No es decente hacer el ágape en las iglesias del Señor, ni comer dentro de ellas ni acostarse), y termina diciendo que el Concilio de Cartago (III) abolió pura y simplemente el ágape, y reemplazó estas asambleas fraternales por la misa. Desde entonces, la Eucaristía real ya no se concede abiertamente a los fieles...; el cuerpo de Jesucristo ya no es dado al cristiano por ministerio del amor divino, en forma de esperma emanado de un santo que representa al mismo Cristo; es la hostia, simple partícula de masa de harina, la que a partir de ahora cumplirá esta función. Si el estúpido dogma de la hostia tardó más de ocho siglos en ser aceptado, como dice Le Clément, el dogma mucho más estúpido de la encarnación (y nacimiento virginal) fue defendido desde el mismo principio por toda la Iglesia (excepto por los gnósticos), pero Le Clément no ha visto que la eucaristía, como la encarnación o la resurrección, es una prueba suficiente para demostrar que Jesús era un mito desde el principio, y no un hombre real. Bebed.., esto es mi sangre (Mt 26.28). Un judío jamás pudo decir este disparate, ni siquiera a nivel simbólico, pues comer o beber la sangre estaba absolutamente prohibido en el judaísmo.
 
El hombre de la antigüedad atribuía exclusivamente al Semen el poder de procrear, y por tanto era la sustancia divina de la vida. El útero era solo el depositario de la semilla, como la tierra, de aquí que se pensara que el hombre estaba hecho de tierra. Semen y semilla eran exactamente lo mismo. Pero la tierra era también la tumba, y en esta tumba era donde moría y resucitaba, y se hacía carne, el Hijo de Dios, que era también el Hijo del Hombre. Por esto la resurrección se refería básicamente al esperma, como lo demuestra la pregunta sobre la resurrección, donde se habla de siete hermanos que no dejaron esperma (οὐκ ἀφῆκαν σπέρμα / non reliquerunt semen), expresión que se repite tres veces en el texto, y se habla de los hijos de la resurrección (Lc 20.36). Y como se dice explícitamente en la epístola 1Corintios, donde se explica la resurrección mediante el esperma, y en 1Pedro, donde se habla de renacer no de semen corruptible, sino incorruptible, por el verbo de Dios que vive (renati non ex semine corruptibili, sed incorruptibili per verbum Dei vivi, 1Pe 2.23). Este re-nacer se identifica explícitamente con la resurrección. Nos hizo renacer (ἀναγεννήσας, aoristo, 1Pe 1.3). Obsérvese que para el autor de este epístola la resurrección ya había ocurrido, 2Ti 2.18). Justo antes se habla del ágape (amaos unos a otros intensamente, ἀγαπήσατε ἐκτενῶς; ἀγάπην ἐκτενῆ, 1Pe 1.22; 4.8 ), el fundamento original de la eucaristía, y lo que es más importante, de desear, como niños recién nacidos, la leche lógica sin-engaño (τὸ λογικὸν ἄδολον γάλα). Aquí casi todos traducen λογικν por espiritual, con lo cual se pierde la alusión al logos spermatikós. Y citando el Salmo 34, se dice que habéis gustado (ἐγεύσασθε) lo bueno que es el Señor (1Pe 2.2,3). Gustar en el sentido de degustar una bebida (como en Mt 27.34, o Jn 2.9), como si se dijera: habéis gustado lo buena que es la leche seminal, para que por ella crezcáis para salvación, detalle muy descriptivo que Le Clément ha pasado por alto. En los mismos términos se expresa la epístola a los Hebreos cuando habla de los iluminados que tenían necesidad de leche (γάλακτος), y que gustaron (γευσαμένους, el mismo verbo que en 1Pe 2.3) del don celestial (Heb 5.12; 6.4). 

En la antigüedad había diversas teorías sobre el semen, todas ellas ficticias, puesto que el hombre de la antigüedad no sabía absolutamente nada de células sexuales (ni de células en general). Según Pitágoras, por ejemplo, el esperma era una gota del cerebro, y otros pensaban que era sangre purificada o destilada (στρέφεται γὰρ τὸ αἷμα εἰς σπέρμα // ὡς τοῦ σπέρματος ὕλην τό αἷμα ἔχοντος. Ver Esperma, notas 13, 14, 15). En este sentido, la sangre podía designar al semen, por sinécdoque (Hechos, 17.26). Puesto que el vino era designado como sangre de la uva (Gén 49.11; Dt 32.14; cf. Ap 14.20), y era visto como simiente líquida (liquidis seminibus), y se asociaba con Líber, que presidía el semen (virorum seminibus, Civ. Dei, 4.11, 7.3,21), es posible que los evangelistas se sirvieran de este significado ambiguo cuando se inventaron el relato de la eucaristía, pues el uso del verbo derramar en conexión con la copa (calix-funditur, Lc 22.20) podía ser una alusión a la libación de esta sangre de la uva (Eclo 50.15). Como el vino se derrama (vinum effunditur, Mt 9.17), como simiente líquida, el semen también se podía derramar (semen fundebat, Gén 38.9). Los cristianos conocían e identificaban esta sangre de la uva o sangre de la vid (τῆς ἀμπέλου αἷμα), con la sangre de Cristo, lo cual demuestra que esta sangre enícola no era real, cosa que san Justino confirmaba diciendo que tal sangre no procedía de semen humano (Véase), y así conectaba de forma extraña vino y semen. 
Sin embargo, la idea que se impuso en medicina y en filosofía, a partir de Hipócrates y Aristóteles, y sobre todo de los estoicos (Véase), era que el principio vital del esperma era el pneuma (espíritu), y por esto ambos se identificaban (Véase), y se hablaba del pneuma de la vida (πνεύματος τῆς ζωῆς, Ro 8.2), y se decía que vivimos por el pneuma (Gál 5.25), y que el pneuma es lo que hace la vida (ζῳοποιοῦν, Jn 6.63), identificado explícitamente con Cristo, y este con el esperma (1Co 15.45; Gál 3.16). Por la misma razón, el espíritu era visto como un líquido que se bebía y con el cual se bautizaba: todos hemos bebido de un mismo espíritu (1Co 10.4; 12.13), es decir, el agua de la vida o agua viva (ὕδωρ ζωῆς, ὕδωρ ζῶν, Ap. 21.6; 22.1,17; Jn 4.10; 7.38). San Ireneo, por ejemplo, habla de el Semen del Padre de todos, esto es, el espíritu (Ad. haer., 4.31.2), y además identifica explícitamente el espíritu y el agua viva, y el pan de la vida con la leche y el espíritu, y esto con comer y beber el Verbo de Dios, manducare et bibere verbum Dei (Ad. haer., 4.38.1; 5.18.2). Puesto que el semen es el verbo de Dios (Semen est verbum Dei, Lc 8.11), comer el pan de la vida o beber el agua de la vida no consistía en comer pan o beber vino, sino semen. San Ireneo habla, de forma casi obscena y apoyándose en 1Corintios 3.2, de las mamas de su carne (mamilla carnis ejus, μαστοῦ τῆς σαρκς αὐτοῦ), porque si se trataba de un hombre, ¿qué sería mamar su leche? Exactamente igual se expresaba Clemente de Alejandría, que dice que el alimento es la leche del Padre, y compara explícitamente la leche con el esperma (τοῦ γάλακτος ὡς σπέρμα ἀνθρώπου, Pedag., 1.43,45). Por lo demás, el Catecismo de la Iglesia Católica define explícitamente la eucaristía como semen de vida eterna (Est semen vitae aeternae, 1524).
Eucharistia est initium et semen vitae aeternae (Garrigou-Lagrange, De rev. II, p.187).
Spiritualis manducatio..., vitae aeternae semen. Salmerón, Com., p.155, SainctesDe r. Eucharistiae, p.224).
 
A todo esto hay que añadir la comparación explícita de la unión con Cristo con la unión sexual con una ramera y el rechazo explícito de la fornicación, porque el que se une al Señor es un mismo espíritu con él (1Co 6.16,17). Al contrario que en la unión con una prostituta, donde los dos serán una misma carne, y un mismo cuerpo (ἓν σῶμά), aquí se habla de ser un mismo pneuma (ἓν πνεῦμά), lo cual demuestra que para el autor de esta epístola Cristo no había sido un hombre real, porque un espíritu no tiene carne ni huesos (Lc 24.39). Todos los gnósticos negaban la existencia real de Jesús (no nació ni se encarnó, neque autem natum neque incarnatum dicunt illum). Los gnósticos se veían a sí mismos como mujeres, a pesar de su misoginia (traducida en negación de la carne), como esposas de Cristo: porque son mujeres, como ellos mismos lo confiensan (sunt enim feminæ, quemadmodum ipsi confitentur. Ad. hær., 2.30.5; Cf. Ro 7.2,4). Porque todo hombre es una novia, o esposa (νύμφη γὰρ εστὶν ὁ πᾶς ἅνθρωπος, Clem. 3. 27), lo cual se deduce del mismo ejemplo de la unión con una ramera. Orígenes suscribía esta idea gnóstica diciendo que el alma que concibe el Verbo de Dios es una mujer preñada (Mulier praegnans dicitur anima), y valiéndose de Isaías (concebimos en útero y parimos, in utero concepimus, et peperimus, Is 26.18. Septuagintaἐν γαστρὶ ἐλάβομεν καὶ ὠδινήσαμεν καὶ ἐτέκομεν), afirmaba que los que así conciben y paren no son considerados mujeres, sino varones, y varones perfectos (Hom. in Exodus, 10.3). El varón perfecto que escribía esto, el más famoso de su época, era un eunuco, así que difícilmente habría podido realizar la transmisión a la que se refiere Le Clément. Este tema gnóstico de la mujer preñada (relacionado evidentemente con la espermatofagia) concuerda con la idea de tener dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros (Gál 4.19; Ro 8.22,23), o de desposaros con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo (2Co 11.2), y con la presentación de Jesús en los evangelios como un novio o esposo (νυμφίος). A esta misma idea respondía el mito gnóstico de la cámara nupcial (νυμφών, Mc 2.19, par.): 
Establece en tu cámara nupcial el esperma de luz, recibe de mí al esposo.
Καθίδρυσον ἐν τῷ νυμφῶνί σου τὸ σπέρμα τοῦ φωτός. Λάβε παρ' ἐμοῦ τὸν νυμφίον.
Constitue in thalamo tuo semen luminis. Sume a me sponsum (Ad. haer., 1.13.3)

Ver Novias

Incluso Tertuliano, un antignóstico declarado, usaba la misma imaginería gnóstica, diciendo que el espíritu era el esposo, pero convirtiendo a la carne en la esposa (caro est sponsa, De res., 63.1-3), puesto que la carne se identificaba con la mujer (Ef 5.28,20), y por esto se hablaba de el que siembra en su carne (Quoniam qui seminat in carne sua), contrapuesto a el que siembra en el espíritu (Gál 5.8). Y asimismo se hablaba de los hijos de la carne (τέκνα τῆς σαρκός), que no son contados como esperma (εἰς σπέρμα, Ro 9.8), y de lo que ha nacido de la carne, en oposición a lo que ha nacido del espíritu (Jn 3.6,31, Gal 4.29). Sin embargo, al identificar la carne con la esposa, Tertuliano subvertía totalmente el sentido negativo, explícito γένοιτο, 1Co 6.15), del ejemplo de la unión con una prostituta, pues el espíritu y la carne eran opuestos o antitéticos (ἀντίκειται, Gál 3.17; Ro 8.1s), como se deduce también de este mismo ejemplo. Muerto en carne (por los pecados), pero vivificado en espíritu (1Pe 3.18). A pesar de esta contradicción intrínseca, Tertuliano conocía y aprobaba el mito gnóstico del alma como esposa (si animam quis contenderit sponsam), y a sabiendas de este mito añadía que el alma no será una prostituta, para que sea tomada desnuda por el esposo (non erit anima prostituta, ut nuda suscipiatur a sponso, De res., 63.2). Tertuliano identificaba explícitamente el alma con el semen (Véase), identificada a su vez con el espíritu. Citando a Zenón, definía el alma como espíritu sembrado (consitus spiritus, De anima, 5.2,3). Es decir, el esposo y la esposa eran lo mismo. Tertuliano nos informa que los gnósticos introducen no sé qué semen espiritual en el alma (nescio quod spiritale semen infulciunt animae. Idem, 11.3).
Hay que señalar que, a pesar de presentar explícitamente a Cristo como el esposo de la Iglesia (grande es este misterio, se dice en Efesios, 5.32), los autores de las epístolas no sabían nada de las parábolas al respecto, ni de la pregunta sobre el ayuno, ni del milagro de las bodas de Caná, como no sabían nada de las demás parábolas y milagros, lo que demuestra que toda la historia de Jesús era inventada. De hecho, la palabra esposo (νυμφίος), usada 15 veces en los evangelios, no se usa nunca en las epístolas. 
Por último, hay que subrayar que las palabras sobre las cuales está fundada la institución de la eucaristía, el texto del evangelio de Juan 6.47 y siguientes, que cita Le Clément, no pertenecen ni se corresponden al episodio de la última cena que narran los sinópticos, como cualquiera puede comprobar. Estas palabras están explícitamente relacionadas con el milagro de la multiplicación de los panes, situado al otro lado del mar de Galilea, y con la historia de Moisés (6.1,26,32). El autor del cuarto evangelio sitúa la eucaristía en un contexto totalmente distinto del relato de la última cena, lo que demuestra que detrás de la eucaristía no había ningún hecho real. En el relato de la última cena de este evangelio la eucaristía no existe, y es sustituida por la institución del ágape (Jn 13.34). En este relato no se mencionan la copa ni el fruto de la vid, y el único pan que se menciona es el que come el Diablo (13.2,18). El mandamiento del ágape es puesto en boca de Jesús tres veces en este evangelio (Jn 13.34; 15.12,17). Los autores de las epístolas conocían perfectamente este mandamiento, pero ninguna de las veces que es mencionado en las epístolas (cuatro de ellas en la epístola 1Juan) se relaciona con ninguna de las circuntancias que narran los evangelios. Es más, las epístolas atribuyen explícitamente este mandamiento a Dios, y no a Jesús (Ro 13.8; 1Tes 4.9; 1Jn 3.11,23; 4.1,7). El hecho de que el autor del cuarto evangelio coloque el relato de la eucaristía fuera, antes y muy lejos del relato de la última cena (entre uno y otro median ¡seis capítulos!) demuestra, una vez más, que toda la historia de Jesús era inventada. 
Le Clément cita al ficticio Pablo como ejemplo de la doble moral, pero no ha reparado en que el supuesto autor de las epístolas paulinas no sabía nada del milagro de los panes, ni de ninguno de los muchos milagros que cuentan los evangelios, ni sabía que mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida (Jn 6.55), puesto que dice que el reino de Dios no es comida ni bebida, y a continuación que es bueno no comer carne ni beber vino (Ro 14.17,21), y la carne y la sangre estaban excluidas de este ficticio reino de Dios (1Co 15.50). Por tanto, el autor de las epístolas paulinas ignoraba esta enseñanza secreta de Jesús, como ignoraba todas las enseñanzas de Jesús en general, a pesar de que él se vanagloriaba de predicar el evangelio. Para el autor de las epístolas paulinas Jesús era el Señor, y no un hombre real (Ro 10.8; Gál 1.12; Fi 2.11), y aunque los hijos de Dios eran contados en esperma (εἰς σπέρμα, Ro 9.8; Gal 3.29), difícilmente podía haber pensado que la eucaristía consistía en comer la carne y la sangre de uno de mis contemporáneos (Gál 1.14), ni siquiera sous les espèces du sperme, puesto que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios (1Co 15.50). La espermatofagia no era una transmisión secreta de la persona de Jesús, como piensa erróneamente Le Clément, sino una forma de conseguir la inmortalidad (cibus ad immortalitatem), comiendo el pan de la vida y bebiendo el agua de la vida, como dice acertadamente, definiendo el semen como la sustancia de la inmortalidad. Eucharistia est alimentum immortalitatis (C. a Lapide).

Le Clément termina volviendo a la época actual y a la literatura especial sobre este tema, citando los libros de Bion y de Ladeuze, como ejemplos que ratifican, bajo las florituras de la retórica, la misma tesis que ha expuesto. El libro de éste último (Étude sur le cénobitisme pakhomien) no trata sobre la eucaristía, sino que su objetivo es, como señala Le Clément, refutar las recientes afirmaciones del erudito egiptólogo francés Amélineau, que describía las costumbres sodomitas de los monjes de la Tebaida, aunque Le Clément lo dice de forma velada, pero Amélineau lo dice explícitamente: La fornication sacrilège était remplacée à Tabennisi par la sodomie. Sin embargo, en el libro de Bion (Le Monde de l’Eucharistie) encontramos una retahíla completa sobre la semilla eucarística (la semence est l’Eucharistie, la semence eucharistique), aunque esto no lo dice Le Clément. En los mismos términos, y unos años antes que Bion, Sagette hablaba de la eucaristía como una semilla de inmortalidad (comme une semence d’immortalité), y antes de este muchos otros. Dos siglos antes, Boniface Constantin escribía, citando a Severiano y a otros, que L'Eucharistie est la semence de Dieu. La expresión semen de inmortalidad (semen immortalitatis, σπέρμα τῆς ἀθανασίας), referida explícitamente a la eucaristía, pertenece a un pasaje archicitado de Cirilo de Alejandría (Com. in Joannis, 4.2). En otro lugar dice que la eucaristía es como semen vivificante (tamquam semen vivificans, οἷον σπέρμα ζωοποιόν, Com. in Lucam, 22). Aunque en el tiempo de este santo la eucaristía como espermatofagia ya se consideraba una práctica inmunda y abominable, el lenguaje tan explícito que emplea descubre cl sustrato real que había bajo la eucaristía. San Agustín, contemporáneo de san Cirilo, dice y repite explícitamente que esta era la eucaristía real los maniqueos, y la llama comida horrible (horrenda cibi), aunque había sido maniqueo durante muchos años:  los Elegidos están obligados a tomar como una eucaristía rociada con semen humano, para que de ello, como de los demás alimentos que toman, sea limpiada también aquella sustancia divina (coguntur Electi eorum velut eucharistiam conspersam cum semine humano sumere ut etiam inde, sicut de aliis cibis quos accipiunt, substantia illa divina purgeturDe haeresibus, 46; Contra Manichaeos, 45,47; De moribus Manichaeorum, 18).
Si Le Clément, en vez de fijarse en las naderías y tonterías que escribían ces Messieurs, y que él mismo les recrimina, hubiera estado atento a los trabajos de la escuela radical holandesa, que la tenía muy cerca, y que para la fecha en que publicó La eucaristía contaba con un excelente panel de investigación crítica, la exposición de su tesis habría sido mucho más coherente y convincente.





La pág. 114 del libro de Reghellini de Schio, Examen du Mosaïsme et du Christianisme (V. 3). Le Clément incluyó este libro en el índice bibligráfico de La Eucaristía, y es evidente que tomó de este libro las referencias a Teodoreto y Pródico, y a Epifanio. Reghellini cita a los dos primeros juntos y de una manera confusa, y quizá por esto Le Clemént los empareja erróneamente. En realidad, Teodoreto (Haer. fab., 1.6) está citando explícitamente a Clemente de Alejandría (Stromata, 3.4), que atribuye tales prácticas, también explícitamente, a los secuaces de Pródico, que se se llaman a sí mismos con el falso nombre de gnósticos (οἱ ἀπὸ Προδίκου ψευδωνύμως Γνωστικούς). Entre Teodoreto y Clemente de Alejandría había una diferencia de más de dos siglos. Teodoreto, ya en el siglo V, como señala Reghellini, fue uno de los muchos escribas a sueldo de la Iglesia, como dice irónicamente Le Clément, que trataron de salvar su reputación arrojando sobre las sectas heréticas la mala fama del culto secreto. Pródico, en cambio, fue el fundador de una de estas sectas en el siglo II, los Adamitas, cosa que dice el mismo Teodoreto. Prisciliano, contemporáneo de Epifanio, tuvo la mala fortuna de ser uno de estos gnósticos. Reghellini afirma que los priscilianistas, que pasaban las noches en orgías, eran la secta ortodoxa en España (v.3, 22, p. 44).
En una fecha tan temprana como 1834, y guiado por Jacques Matter, Reghellini supo ver que el gnosticismo fue la versión original del cristianismo, y no una desviación o herejía. Los gnósticos, dice, fueron los primeros cristianos y los más numerosos (v.3, 24, p. 118). San Ireneo decía, de forma muy elocuente, que los gnósticos no se distinguían de los demás cristianos: Dicen lo mismo y tienen la misma doctrina (eadem dicant et eandem habeant doctrinam. Ad. haer., 3.15.2; 16.8), y Celso decía que se odiaban unos a otros totalmente (πάντῃ ἀλλήλους ἀποστυγοῦντες, Contra Celso, 5.63). De esta hostilidad da fiel testimonio la epístola 1Juan: todo el que odia a su hermano es un homicida (omnis qui odit fratrem suum homicida est. 1Jn 2.9,10; 3.), y esto fue lo que le pasó a Prisciliano. Las piedras de Compostela lo sabían.

Publicado: 11-junio-2025


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