10 abril 2007

La Gran Puta Madre: la Iglesia 2





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Segunda epístola de Clemente, 14

Así pues, hermanos, haciendo la voluntad del Padre nuestro Dios seremos de la Iglesia primera, la espiritual, la que antes del Sol y la Luna fue edificada (1). Pero si no hacemos la voluntad del Señor seremos según la Escritura que dice: «Mi casa se convirtió en cueva de ladrones» (Jer 7.11, Mt 21.13). Por tanto, elijamos ser de la Iglesia de la vida, a fin de salvarnos. Pues no creo que ignoréis que la Iglesia viviente es el cuerpo de Cristo (Ef 1.23). Porque dice la Escritura: «Hizo Dios al hombre varón y hembra» (Gn 1.27). El varón es el Cristo, la hembra la Iglesia. Y además los Libros y los apóstoles (dicen que) la Iglesia no es de ahora, sino de arriba (2). Porque era espiritual, como también el Jesús nuestro, pero apareció en los últimos días (Heb 1.2, 2Pe 3.3) para salvarnos. Pero la Iglesia, siendo espiritual, apareció en la carne de Cristo, mostrándonos que si alguno de nosotros la guarda en la carne y no la corrompe, la recibirá en el Espíritu santo. Porque esta carne es figura del Espíritu. Por tanto, nadie que corrompa la figura recibirá el original. Así pues, esto dice, hermanos: «Guardad la carne para que participéis del Espíritu». Pero si decimos que la carne es la Iglesia, y el Espíritu Cristo, por consiguiente el que deshonra la carne, deshonra la Iglesia. Por tanto, este no participará del Espíritu, que es el Cristo. Esta carne puede recibir tanta vida e incorrupción por la unión del Espíritu santo, que nadie puede decir ni explicar lo que ha preparado el Señor (1Co 2.9) para sus elegidos.

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1. Tanto la preexistencia del Hijo de Dios como la preexistencia de la Iglesia eran ideas gnósticas (Tratado tripartito, 57-59).
No vayas a pensar que yo hablo de esposa o de Iglesia a partir de la venida del Salvador en la carne, sino desde el comienzo del género humano y desde la misma creación del mundo; es más, para remontarme de la mano de Pablo hasta el origen del misterio, antes incluso de la formación del mundo. Porque así dice Pablo: Según nos escogió en Cristo antes de la formación del mundo (Ef 1.4). Orígenes, Com. in Canticum, 2/8.4.
2.
ἄνωθεν (Jn 3.3,31). También puede traducirse: desde el principio.



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Clemente de Alejandría
El Pedagogo, 1.42

¡Oh maravilloso misterio! Por una parte, uno el Padre de todos, y por otra, uno el Logos de todos, y el Espíritu santo uno y el mismo en todas partes, y una (μία) única virgen ha llegado a ser madre (1). A mí me gusta llamarla Iglesia. Leche no tuvo esta madre única, porque es la única que no llegó a ser mujer, pero al mismo tiempo es virgen y madre. Por una parte, pura como virgen, por otra, amorosa como madre. Y llama a sus niños para amamantarlos con la leche santa, con el Logos infantil (2). Por lo cual no tuvo leche, porque la leche era este niño hermoso y apropiado: el cuerpo de Cristo. Con el Logos alimenta al joven pueblo, que el mismo Señor dio a luz con dolor de parto carnal (cf. Jn 16.21), que el mismo Señor envolvió en pañales con sangre preciosa (1Pe 1.19). ¡Oh santos partos! ¡Oh santos pañales! El Logos lo es todo para el infante, y padre y madre y pedagogo y nodriza. Comeréis, dice, mi carne y beberéis mi sangre (cf. Jn 6.53,54). Estos los apropiados alimentos que el Señor nos suministra, y carne da y sangre derrama. Y nada falta a los niños para que crezcan.

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1. Para los gnósticos, la Madre era el Espíritu santo, es decir, el semen, puesto que éste contenía al Hijo en potencia, es decir, era una madre virginal. Ellos no podían identificar a la Madre cósmica con la tierra, ya que condenaban lo terrenal, es decir, lo carnal, opuesto a lo espiritual. Por esto ellos imaginaban una Madre masculina o fálica, o un Falo materno, o Madre-Padre (μητροπάτωρ), como es llamado Dios en el Apócrifo de Juan. Pero a pesar de esto, la mujer seguía siendo identificada con la tierra, y el útero con lo telúrico, puesto que el semen era idéntico a la semilla. La mujer solo podía salvarse dejando de ser mujer, es decir, convirtiéndose en hombre: pues toda mujer que se haga varón entrará en el reino del cielo (Evangelio de Tomás, 114). Paradójicamente, los gnósticos se veían a sí mismos como mujeres: pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo (2Co 11.2), porque ellos son hembras, tal como lo confiesan ( San Ireneo, Adversus haereses 2/29.1, 30.5). Porque el semen, es decir, el alma, era visto como una sustancia espiritual femenina, lo cual conducía, en su fantasía desbocada, a identificar el Espíritu con la Matriz cósmica. La matriz del alma está vuelta al exterior como los órganos viriles están al exterior (La exégesis del alma, 131).
Olvidando que Verbo y Espíritu eran lo mismo (semen es verbum Dei spiritalia seminavimus, Lc 8.11, 1Co 9.11) y bromeando con la fantasía gnóstica de que el Espíritu es la Madre, san Jerónimo afirmaba que el alma, como esposa que es del Verbo, tiene por suegra al Espíritu santo (In Michaeam, 7.6). También podríamos decir que, dado que el Señor es el Espíritu (2Co 3.17), el alma era la esposa de su propia suegra.

2. Los gnósticos se veían a sí mismos como niños (Mt 11.25, 18.3, Mc 10.15, 1Co 3.1, etc). Es sabido que la leche es un nombre metafórico del semen. El Logos infantil era el semen, ya que el Logos era el esperma de Dios (San Justino, Apología I 32.8). El mismo Clemente explica que esta leche no es femenina, sino la leche del Padre (1.43), es decir, el cuerpo de Cristo. Véase la entrada: Esperma, semen o simiente.






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En esta entrada, falos típicos de Bali.
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