15 febrero 2011

Por qué escribo este blog


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ἐξανέστησεν γάρ μοι ὁ θεὸς σπέρμα ἕτερον ἀντὶ Αβελ

Dios me ha eyaculado otro esperma en lugar de Abel

Posuit mihi Deus semen aliud pro Abel
Dios me ha puesto otro semen por  Abel
Génesis, 4.25 

ἐξαναστήσωμεν ἐκ τοῦ πατρὸς ἡμῶν σπέρμα
hagamos eyacular esperma de nuestro padre
 


ut servare possimus ex patre nostro semen
para que podamos conservar el semen de nuestro padre

Génesis
19.32,34 


τὰ τοῦ θεοῦ σπέρματα
los espermas de Dios

Filón de Alejandría, De ebrietate, 30 


τοῦ πατρὸς τῶν ὅλων, ἰδέαν τῆς ἄρρενος γενεᾶς
el Padre del universo, la Idea de la generación masculina
Filón de Alejandría, De specialibus legibus, 2.56

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La semilla de este blog está en la manifestación de la Iglesia y del partido conservador en junio de 2005 en Madrid, donde vivo, contra la inminente aprobación de la ley del matrimonio gay en España (aprobada el 30 de junio). Esta raza de víboras (Mt 12.34, 23.33) estaba atacando de forma ostensible mis derechos y sentí que tenía que defenderme de alguna manera, porque si me niegan el derecho a casarme, del mismo modo me niegan el derecho a ser libre y a no tener Dios (Ro 1.28), y como no han renegado de su pasado, sino que así lo confirman, también me niegan el derecho a vivir, pues me condenaron a muerte (Ro 1.32).
Lo peor que le puedes decir a un cristiano no es que Dios no existe
pues el dios de los cristianos, al que ninguno de los hombres ha visto ni puede ver (1Ti 6.18), como todos los dioses, es un mito, una mezcla sincrética del dios de los judíos y el de los gentiles (Ro 3.29), sino que Jesús nunca existió, inexistencia de la que estaba convencido desde años atrás. Así que decidí escribir algo para difundir por internet, en la medida de mis fuerzas, la demostración por el análisis y estudio de los textos de que este hombre era ficticio. Si alguien se inventó un Hijo de Dios y dijo que este era Jesús, entonces Jesús era también un invento, y en los textos hay suficientes pruebas que lo demuestran. Los textos demuestran que Jesús nació de un mito, y no que un mito nació de Jesús, y por esto se dice que nació del Espíritu santo (Mt 1.20; Lc 1.35), es decir, de una ficción mítica, o de la nada. El autor del evangelio de Marcos, que no tiene ningún problema en hablar de un hombre que echa la simiente en la tierra (Mc 4.26), o de los siete hermanos que se casaron con la misma mujer y no dejaron esperma (οὐκ ἀφῆκαν σπέρμα, Mc 12.20-22), ignora totalmente que Jesús tuviera un padre humano, y esto a pesar de usar varias veces el nombre de José en su relato. Y a todo el pensara que el Hijo de Dios había sido un hombre histórico del esperma de David (ἐκ σπέρματος Δαυὶδ, Ro 1.3) el autor de Marcos le hace una pregunta fulminante: ¿y de dónde es hijo de él? (et unde est filius ejus? Mc 12.27. Semen = hijo: el hijo de la esclava... es esperma tuyo, σπέρμα σόν ἐστιν, semen tuum est, Gén 21.13. El buen semen son los hijos, bonum vero semen hi sunt filii, Mt 13.38). Puesto que el hombre de la antigüedad sabía perfectamente de dónde (πόθεν) procede un hijo (del esperma de un hombre, ἐκ σπέρματος ἀνδρὸς, Sab 7.2), y no se da ninguna respuesta a esta pregunta, que sería superflua referida a un hombre real, se deduce que no había existido un hombre real que era el Hijo de Dios. Es más, los autores de Mateo y de Lucas también repiten la misma pregunta sin darle ninguna respuesta, a pesar de que se han inventando un nacimiento ficticio del hijo de David (Mt 1.1; Lc 1.32), cada cual uno distinto. Es decir, los evangelistas no estaban narrando una historia real, aunque parezca lo contrario, como tampoco narraban una historia real los que escribieron el Génesis.
La historia del Hijo de Dios tiene, entre otros muchos, tres fallos fundamentales que demuestran —cada uno por sí solo, y más si se suman— que esta historia era completamente ficticia y no tenía ninguna base real, aunque se reduzca al mínimo y se elimine su contenido mítico, que no es poco. Primero, los libros del Nuevo Testamento están todos escritos en una lengua extraña al judaísmo (Hechos, 10.28), y el hebreo era una lengua viva cuando supuestamente se escribieron, como lo demuestra con creces la redacción de la Mishná. Es decir, los libros del Nuevo Testamento no fueron escritos por judíos nativos. Segundo, esta historia está situada precisamente allí donde nunca pudo ocurrir. Es decir, nunca pudo existir un judío nativo que se viera a sí mismo como el Hijo de Dios, ni nunca pudo existir un grupo de judíos nativos que dijeran a otro hombre que era el Hijo de Dios y mucho menos que lo adoraran (et adoraverunt eum, Mt 14.33, 28.9,17). Y tercero, el desconocimiento evidente de esta historia que muestran los autores de las epístolas. Por ejemplo, en ellas nunca se mencionan Galilea ni Nazaret, a pesar de mencionar otras muchas provincias y ciudades, ni nunca se menciona ninguna de las muchas parábolas que los evangelios atribuyen a Jesús, lo que indica que esta historia era inventada, y no existía ninguna tradición oral.
Quede claro que me importan un comino la historicidad o la ficción de este hombre. No se trata de investigar la historicidad de un hombre que sabemos que era ficticio, ya que si hubiera pruebas irrefutables de su existencia (pues no hay ninguna), no habría ningún inconveniente en reconocerlo, y se trataría entonces de investigar cómo este hombre fue revestido de mito y si pudo ser divinizado en Judea un vulgar charlatán judío por unos hombres también judíos cuya religión prohibía terminantemente cualquier tipo de deificación o idolatría (Éx 20.4, Lv 26.1, Dt 4 15-18), pues según Filón, los judíos fueron los únicos de todo el imperio romano que se negaron a acatar la deificación del César.1 Es decir, esta deificación, como la resurrección, no pudo ocurrir nunca. Y en cuanto a los cristianos primitivos, ¿en qué hombre histórico basaron sus creencias, si afirman explícitamente que su
fe no estaba fundada en sabiduría de hombres, ni en palabras aprendidas de sabiduría humana (1Co 2.5,13), puesto que todo hombre es falso (πᾶς δὲ ἄνθρωπος ψεύστης, Ro 3.4, Sal 116.11)?, y ¿en qué hombre histórico se gloriaban, si esto también ellos lo tenían prohibido?: Que nadie se gloríe en los hombres, el que se gloría, que se gloríe en el Señor (1Co 3.2; 2.Co 10.17).
Sin embargo, a pesar de mi repugnancia hacia esta religión, me he tomado la molestia de examinar minuciosamente los textos primitivos de la literatura cristiana en su idioma original, pues después de todo el cristianismo modeló la mente del hombre occidental durante siglos, como un ejercicio de arqueología del pensamiento y como una investigación sobre la no historicidad verificable de Jesús, por más que muchos teólogos cerriles y pseudohistoriadores con anteojeras se empeñen en seguir viendo pruebas espurias e indicios superfluos de un hombre imaginario donde solo hay una montaña de ficciones. Teniendo el mito delante de sus narices, ellos rechazan que Cristo fue una creación de la fantasía como los demás dioses y héroes de la mitología, y creen que fue un hombre histórico, pero no pueden demostrarlo salvo con suposiciones y conjeturas gratuitas. Y como no pueden explicar por qué los textos demuestran que el Cristo mítico está antes que el ficticio Jesús, cuando la historia exige lo contrario, ni pueden compaginar el Jesús histórico que ellos se inventan con el Hijo de Dios del Nuevo Testamento, siempre están dispuestos a violentar los textos y a corregir la plana a los evangelistas, víctimas de la ilusión de que si eliminan el mito mediante una hermenéutica barata podrían rescatar alguna partícula de historia, como si fueran más listos y estuvieran mejor informados que los gnósticos que vivieron en aquella época, los cuales negaban rotundamente que Cristo hubiera existido: dicen que él no nació ni se encarnó, otros que ni siquiera asumió la figura de hombre.2

En este sentido, los cristianos primitivos, es decir, los gnósticos, eran mucho más fidedignos que los teólogos modernos, pues ellos al menos confiesan que no miraban
las cosas que se ven, sino las que no se ven (2Co 4.18, Ro 8.25). Es decir, ellos se ubicaban a sí mismos en el ámbito de la ficción y de ahí no salían, porque pensaban que el mundo ficticio de Dios era el único verdadero, y no este mundo terrenal (yo no soy de este mundo, Jn 8.23; 17.14). Ellos no necesitaban a ningún Cristo real y humano —excepto cuando escribieron las alegorías de los evangelios—, porque sentían y pensaban desde la ficción, no desde la realidad, y lo reconocían, porque para ellos la gnosis de Dios (τῆς γνώσεως τοῦ Θεοῦ, 2Co 4.6, 10.5) era lo más importante, y este mundo les importaba un carajo: La gnosis (γνώσεως) de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual todo lo he perdido y lo tengo por mierda (Fil 3.8). Según el autor gnóstico de la epístola a Bernabé, el que desea salvarse no mira a un hombre, sino al que habita y habla en él mismo.3
Si la resurrección es una ficción evidente que nunca pudo suceder,4 y es una parte fundamental (1Co 15.14,17) de la pseudohistoria de Cristo, ¿por qué debemos suponer que alguna parte de esta historia era verdadera? Si para ellos lo que nunca pudo suceder era real, sin que sintieran ninguna molestia o desazón ante una mentira tan manifiesta, ¿por qué iba a ser real aquello que pudo haber sucedido? Dicho de otra forma, si ellos mentían abiertamente en lo que era imposible, con mayor seguridad mentían en lo que era posible, pues como decía Celso:
ni siquiera mintiendo fuisteis capaces de ocultar verosímilmente vuestras ficciones.5
Si los autores de las
epístolas dicen que
no os hemos dado a conocer la parusía (παρουσίαν) de Cristo siguiendo mitos (μύθοις) inventados (2Pe 1.16), es porque ellos percibían claramente que esta parusía 6 podía confundirse con un mito. Desde un principio, los cristianos fueron acusados de ser fabricantes de mitos: los gentiles que oyen de nuestra boca las palabras de Dios..., diciendo que son un mito y un engaño (μῦθόν τινα καὶ πλάνην, 2Clemente, 13.3). Los mismos cristianos primitivos eran conscientes de la similitud de sus creencias con los mitos, y se defendían recurriendo a la fantasía de una imitación demoníaca.7 Tertuliano lo expone con toda claridad así: 

Todas las cosas contra la verdad de la misma verdad se han construido; los que han hecho esta imitación son los espíritus del error. Por estos han sido preparadas en secreto tales falsificaciones de la doctrina salvadora; por estos han sido introducidas también ciertas fábulas que debilitaran la fe de la verdad, o más bien que ganaran esta para sí mismos, a fin de que no se piense que hay que creer a los cristianos, como tampoco a los poetas ni a los filósofos, o para que se considere que hay que creer más a los poetas y filósofos, que no a los cristianos. Y así se ríen de que predicamos el juicio de Dios, pues del mismo modo los poetas y filósofos ponen un tribunal en los infiernos. Si amenazamos con la Gehenna, que es un depósito de fuego arcano para el castigo subterráneo, igualmente se burlan, pues del mismo modo en (el mundo de) los muertos está el río Piriflegeton.8 Y si nombramos el paraíso, lugar de divina amenidad destinado a recibir los espíritus de los santos, separado por aquella zona de fuego, como por una cerca, del conocimiento del mundo común, los Campos Elíseos se anticiparon a la fe. ¿De dónde (provienen), os pregunto, estas cosas tan similares con los poetas o los filósofos? Solamente de nuestros misterios. Si de nuestros misterios, como de anteriores, luego los nuestros son más fieles y más creíbles, cuyas copias también hallan fe. Si de sus mentes, entonces nuestros misterios se han de tener por copias de los posteriores, lo que la forma de las cosas no sostiene, pues nunca la sombra precede al cuerpo ni la copia a la realidad.
Y un poco más adelante, dejando a un lado por una vez las falacias y sofismas que llenan sus obras, Tertuliano hace esta sincera confesión:
Sean ahora falsas las cosas que defendemos y sean, con razón, suposiciones. Sin embargo, son necesarias; cosas necias, pero útiles, ya que obligan a hacerse mejores a los que las creen por el miedo del eterno suplicio y la esperanza del eterno consuelo. Así pues, no conviene llamar falsas ni tener por necias las cosas que conviene suponer como verdaderas.... Ciertamente, aunque sean falsas y necias, para nadie son perjudiciales. En verdad, son similares a otras muchas cosas (multis alliis similia) a las que ningún castigo imponéis, cosas vanas y fabulosas, que no son acusadas ni castigadas, porque son inofensivas
(Apologético, 47.11-14, 49.2-3).
Después de describir bellamente la encarnación del Hijo de Dios, al que llama
rayo de Dios (dei radius) caído en una virgen, y formada la carne en su útero, nace hombre mezclado con Dios (delapsus in virginem quandam et in utero eius caro figuratus nascitur homo deo mixtus), Tertuliano añade: Aceptad entretanto esta fábula, es similar a las vuestras (Recipite interim hanc fabulam, similis est vestris, Apologético, 21.14).9
En los mismos términos se expresaba Orígenes:
Y respecto a esto diremos que quizá unos demonios malvados dispusieron que estas cosas se escribieran —
pues no creo que también dispusieran que sucedieran— a fin de desacretitar las cosas profetizadas sobre Jesús y las cosas dichas por él como ficciones semejantes (πλάσματα ὅμοια) a estas, o que nada teniendo más que las otras, no se admiren en absoluto (Contra Celso, 3.32). Es decir, las narraciones sobre Jesús no solo eran ficciones semejantes a las de otros personajes míticos como Zalmoxis, Dionisos o Aristeas, y tan míticas como las de éstos, sino más magníficas (σεμνότερα) y por ello igual de ficticias, pues Jesús era más poderoso que todos aquellos (Idem, 3.35; 4.17).
Sin embargo, mi trabajo de investigación no se habría alargado tanto, ni mi desprecio y porfía contra esta religión habría durado tanto, si en el ínterin no hubiera descubierto algo más asombroso que ni yo mismo esperaba: que el Dios del cristianismo, visto como Padre del universo,
10 era en realidad un Falo, ya que el Falo es el Padre, como el Útero es la Madre. Semen est verbum Dei, el semen es el Verbo de Dios (Lc 8.11). En efecto, en este Semen divino estaba la vida (Jn 1.4, 1Jn 3.9; 5.11) y la vida procedía de Dios, es decir, del Falo cósmico, el que hizo el mundo y da a todos la vida (Hechos, 17.24-25). Y a tu esperma, que es Cristo (καὶ τῷ σπέρματί σου, ὅς ἐστι Χριστός, Gál 3.16). Este Semen se identifica con la Luz del mundo (Jn 8.12; 9.5; 12.46), y por tanto el Falo se identifica con el Sol.
Decidí entonces tomar como hilo conductor de esta investigación la numerosas referencias al esperma o semen en los textos de la literatura clásica y de la cristiana primitiva (desde Anaxágoras hasta san Agustín), pues donde hay Semen hay un Falo, aunque no se hable de él, así como donde hay aceite hay olivos, aunque no los veamos, y donde hay vino hay vides, dos líquidos que, junto con el agua y la leche, tienen un estrecho parecido simbólico con el semen. Aunque el hombre de la antigüedad atribuía solo al padre la causa de la generación, necesariamente donde hay un Hijo no solo hay un Falo o Padre, sino también un Útero o Madre, pero los cristianos suprimieron a la Madre,
11 o incorporaron el mito del Útero virginal de María (Mt 1.18; 1.23; Lc 1.31; 2.21) demasiado tarde y mal, cuando ya las epístolas, que no saben absolutamente nada de ella (ni de ninguna otra María, ni de Jesús de Nazaret) llevaban rodando muchos años en manos de los gnósticos, sus autores.
Uno de los recuerdos más vivos de mi infancia es el de mi padre arando y sembrando la tierra con una yunta de mulos. Sin embargo, nunca entendí el significado simbólico de la parábola del sembrador, porque para comprenderlo es necesario abolir o dejar en suspenso el significado semántico, aunque los dos significados coincidían en la mente del hombre antiguo. Encontré la pista leyendo la primera epístola de Juan, en la que se habla del esperma o simiente de Dios (σπέρμα, 1Jn 3.9) sin relacionarlo con la agricultura, sino con el hecho de nacer (natus). Fue entonces cuando comprendí que la parábola del Sembrador, la parábola más central de los evangelios, no tenía nada que ver con la agricultura. Sabiendo que para los griegos y los romanos sembrar, es decir, echar la simiente o esperma (
καταβολὴν σπέρματος, Heb 11.11) era sinónimo de procrear, la palabras el que siembra el buen esperma, ὁ σπείρων τὸ καλὸν σπέρμα (Mt 13.37), adquirían un significado completamente distinto.
Dos tesis principales conforman este blog: Jesucristo nunca existió, y el Padre es el Falo. Las entradas las he ido escribiendo paulatinamente según avanzaba en la lectura y análisis de los textos, y las he modificado y revisado muchas veces, con la adición de nuevos textos que sustenten, expliquen o amplíen una idea básica. No las he concebido como un texto definitivo, sino como un texto de textos, aunque he procurado que conserven cierta homogenidad.
En otros casos me limito a presentar los textos desnudos para que hablen por sí solos, traducidos lo más literalmente posible por mí mismo. Para interrogar a los textos he tenido que hacer un viaje en el tiempo a la época en que apareció el Hijo de Dios (1Jn 3.8), y cuando aterricé allí, en pleno siglo II,12 me vi rodeado por los gnósticos, preguntándose a sí mismos: ¿qué dice la gnosis? (τί δὲ λέγει ἡ γνῶσις, Bernabé, 6.9), pues ellos tenían la llave de la gnosis (τὴν κλεῖδα τῆς γνώσεως, Lc 11.52). En un primer momento, solo consultaba ocasionalmente el texto original cuando tenía alguna duda, pero después lo hacía por hábito y finalmente, ante mi desconfianza y escepticismo hacia las traducciones eclesiásticas, decidí traducir por mí mismo para evitar sus interferencias, aunque ello ralentizara bastante mi trabajo. Después de haber leído y estudiado exhaustivamente gran parte de los libros de la literatura cristiana primitiva —muchos de ellos de una estupidez y una pesadez insufribles—, puedo decir, como Celso: lo sé todo,13 aunque todavía me queda mucho camino por delante. Pero al principio estaba muy perdido, tenía muchas dudas, y había cosas que no lograba entender, particularmente qué era eso del Espíritu, que da la vida (Jn 6.63) y qué era eso de nacer del Espíritu (Jn 3.6,8). En efecto, el Semen es lo que da la vida, y se nace del Semen del Padre, es decir, del Falo, pues el principio (ἀρχὴ) de la generación de los hombres está en el acto de echar el esperma en los surcos de la matriz, porque el principio (ἀρχὴ) de la generación es Dios, que es el causante del semen y de la generación de todos, pues los cojones son el símbolo del semen y de la generación.14 El lector hallará una explicación más extensa en este blog.
Por supuesto, los hombres de la antigüedad no entendían por esperma lo mismo que nosotros, sino algo muy distinto. Desde Platón y Aristóteles, o incluso antes, se puede demostrar que el concepto de semen era el de una sustancia espiritual, etérea y divina como la de las estrellas, no una sustancia vulgar compuesta de espermatozoides, que no fueron observados por primera vez hasta Leeuwenhoek. Su concepto del semen estaba tan alejado de nuestro concepto puramente biológico como nuestro concepto de las estrellas del suyo, que se pensaba que eran seres vivos e inteligentes. Y como el semen está en el origen, ellos convirtieron al Semen en el origen, es decir, en el principio (ἐν ἀρχῇ) estaba solamente el Falo o Dios, y su Semen o Logos, su Hijo (Jn 1.1; Gén 1.1).

El hombre de la antigüedad identificaba —a todos los niveles— el Útero femenino con la Tierra, el Falo con el Sol (el que da la vida), y el Semen con la luz solar. Todas las fantasías míticas del cristianismo provenían de aquí, y no de un hombre histórico. El que es de la tierra, de la tierra es (Jn 3.31). Solo esta frase entierra a ese hombre ficticio en el cementerio de los mitos. Quien pueda entenderla en todo su alcance sabe que para el autor del cuarto evangelio Jesús nunca nació de la tierra (de las sangres, ni de voluntad de la carne, Jn 1.13). Es decir, el evangelista estaba diciendo claramente que Jesús era un mito, pues lo que ha nacido de la carne, carne es (Jn 3.6).15 Negando la carne y la tierra (Ro 8.4-14, Col 3.2), el cristianismo negaba a la mujer. Y sin embargo, los gnósticos, puesto que creían en la realidad platónica de un Dios Padre y se habían inventado un Hijo de Dios, asumían ellos mismos el rol femenino: porque son mujeres, como ellos mismos lo confiesan,16 razón por la que también identificaban a la Iglesia con la esposa y a Cristo con el esposo.17


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NOTAS
1. Legatio ad Gaium, 332, 353, 367, 368.
2
. neque autem natum, neque incarnatum dicunt illum, alii vero neque figuram eum assumsisse hominis. San Ireneo, Adversus haereses III 11.8, 2Jn 7, 1Jn 4.3.
3
. ὁ γὰρ ποθῶν σωθῆναι βλέπει οὐκ εἰς τὸν ἄνθρωπον, ἀλλ’ εἰς τὸν ἐν αὐτῷ κατοικοῦντα καὶ λαλοῦντα, Bernabé, 16.10.
4
. Sé lo que era la anástasis, que no tiene nada que ver con las estupideces que dicen los teólogos, a pesar de tener la explicación delante de sus narices (1Co 15.35-38; Jn 12.24).
5
. οὐδὲ ψευδόμενοι τὰ πλάσματα ὑμῶν πιθανῶς ἐπικαλύψαι ἠδυνήθητε. Orígenes, Contra Celso, II 26.
6
. San Justino habla por primera vez de dos parusías (δύο παρουσίαι), pero aquí se trata de la segunda parusía, que se menciona dos veces más en el mismo texto (2Pe 3.4 y 3.12). Para el autor de esta epístola, que esperaba la parusía o fin del mundo (2Pe 3.12-14) ya era un problema
la tardanza (βραδύτητα) del anuncio de la parusía (2Pe 3.4,9).
7. Diccionario de las mitologías, III (Yves Bonnefoy): Cristianismo y mitología. La tesis de la imitación demoníaca.
La acusación de que los libros sagrados de los judíos contienen mitos (μύθους περιέχουσιν) parecidos (ἐοικὼς / συγγενὴς) a otros escritos por los inventores de mitos (μυθοπλαστῶν) ya la recibían los judíos desde antes de que se inventara un Hijo de Dios cristiano (Filón, De confusione linguarum, 2-9).

8
. Platón, Fedón, 113. Virgilio, Eneida, 6.451. Después de describir este mito, tal y como Platón lo llama (τὸν μῦθον), advierte que sostener firmemente que estas cosas son así como yo las he expuesto, no es lo que conviene a la inteligencia de un hombre.
9. Lo importante es resaltar no que Tertuliano admita que la encarnación era un mito, sino que él creía que este mito ocurrió realmente, y que efectivamente una virgen quedó embarazada por un rayo divino. Quien creía que el mito podía ser real no tenía ninguna dificultad en creer que las fantasías relatadas en los evangelios ocurrieron realmente.

10
. Padre de todas las cosas, τὸν πατέρα τοῦ παντός, lo llama Filón, que no era cristiano, mucho antes que la epístola a los Efesios (De plantatione, 135; De posteritate Caini, 175, Ef 4.6, Mal 2.10), porque ha emitido los espermas y las raíces de todas las cosas (ὅτι τά σπέρματα καὶ τάς ῥίζας ἁπάντων καθεὶς, De plantatione, 48; De querubim, 43-46), dejando caer (o emitiendo) desde el cielo los espermas (καθεὶς ἐξ οὐρανοῦ τά σπέρματα, Quod deterius potiori, 60, 147), los espermas de vida (o de alma) del Demiurgo (τὰ ψυχῆς... παρὰ τοῦ δημιουργοῦ σπέρματα, De gigantibus, 11). Según Filón, el órgano genital masculino (γόνιμον ὄργανον) está dispuesto para la generación de los seres vivos, pero la verdadera causa de la generación es Dios (De specialibus legibus, 1.6,10). Es decir, Dios era el verdadero órgano genital que deja caer desde el cielo los espermas.
11
. Los gnósticos llamaban a Dios madrepadre, μητροπάτωρ. Originalmente existía Sofía, pero sería eliminada más tarde. Sofía era el Semen divino que se ha unido a la mujer, es decir, el espíritu unido a la materia (esto era el lapso de Sofía), el Semen enterrado, muerto y resucitado en una nueva criatura (1Co 15.35-38; Jn 12.24), en contraposición al Semen que aún no ha sido eyaculado o que no ha salido del Padre (Jn 8.42; 13.3; 16.28) para crear la vida, y al Semen que regresa después de la muerte a Dios, puesto que el principio de la vida era inmortal, semen aeternitatis.
En Filón ya se encuentra la duplicación gnóstica de Dios en padre y madre, identificada esta con Sofía, y aunque él no tiene ningún reparo en
hablar de los espermas de Dios, se encarga de hacer la advertencia innecesaria de que Dios no folla con Sofía como un hombre. Interpretando alegóricamente la expresión su padre y su madre (Dt 21.18,19. Filón suprime la segunda «voz» y el segundo «su», y lee la voz de su Padre y (a la vez) Madre; y, su Padre y (a la vez) Madre), dice lo siguiente: Aunque los contenidos de padre y madre son comunes, los sentidos son distintos. Ciertamente, aquí diremos con rectitud y justicia que el Demiurgo que ha construido el universo es al mismo tiempo (ὁμοῦ) Padre de lo que ha hecho, y Madre de lo que ha creado, la Inteligencia,1 con la que se unió Dios, no como un hombre, (y) sembró (ἔσπειρε) la génesis; y habiendo recibido los espermas de Dios, finalizados los dolores de parto, parió al único y amado Hijo sensible: este mundo.2 Ciertamente, en alguno de los (libros) del coro divino es presentada Sofía (σοφία) hablando sobre sí misma de esta manera: Dios me poseyó primero de todas sus obras, y antes del tiempo me fundó (Pr 8.22), pues era necesario que todas las cosas que vinieron a la génesis fueran más nuevas que la Madre y nodriza del universo (De ebrietate, 30,31). Aquí está ya una de las semillas del gnosticismo, lista para ser servida cuando llegara el Pléroma del tiempo.
1
. Esta Madre no era una mujer auténtica, sino una mujer masculina o fálica, pues Filón asocia sistemáticamente la inteligencia y lo racional o espiritual al hombre; y lo irracional y lo material o corporal a la mujer; lo que aquí mismo se advierte cuando dice que el resultado de esta hierogamia es este mundo perceptible por los sentidos. Según Filón, Dios tenía dos Hijos: este mundo sensible, al que llama
el hijo más joven de Dios, y el más viejo, que es el inteligible y permanece junto a él (Quod deus sit immutabilis, 31), es decir, el Semen que aún no ha sido eyaculado y no se ha mezclado con la tierra femenina.
2
. Es decir, Filón (ca.
20/50), que fue estrictamente contemporáneo del ficticio Jesús de Nazaret (nació antes y murió después de las fechas donde lo sitúan; y precisamente fue situado en la época de Tiberio porque fue Filón el que se inventó un Hijo de Dios judío), no tenía ni idea de que hubiera existido un hombre que fue el Hijo de Dios. Según Filón, existía efectivamente el Hijo de Dios, pero este no era un ser humano, sino la Potencia creadora de Dios (1Co 1.24), es decir, su Logos o Semen: todas las cosas fueron creadas por él y en él, porque somos creación (ποίημα) suya (Col 1.16, Ef 2.10, Jn 1.3). Es decir, el mundo y el hombre son un poema (ποίημα) del Falo y su Semen: su Pneuma, su Hijo, su Luz, su Potencia.
12
. Es inútil buscar rastros o indicios del cristianismo en el siglo I, en todo caso se podrían buscar antecedentes (Filón). En mi opinión, el cristianismo surgió en el período que va de la guerra de Vespasiano contra los judíos a la guerra de Hadriano, ambas de consecuencias devastadoras para los judíos, especialmente la última, que tuvo un impacto terrible, haciendo desaparecer a Judea del mapa. Cristo había sido inventado en Alejandría por los sucesores de los terapeutas, camaradas de Filón, pero en la época de la guerra de Bar Kochba (años 132-135) todavía estaba lejos de ser un hombre encasillado en una historia ficticia. Cuando se escribieron los evangelios, los cristianos proyectaron sobre Jesús la figura de Bar Kochba, que fue efectivamente considerado un Mesías. La mención de los pseudocristos (ψευδόχριστοι) o falsos mesías en Marcos 13.21,22 es seguramente una referencia a Bar Kochba, que fue declarado hijo de la mentira después del fracaso estrepitoso de la rebelión militar. Esto significa que el evangelio de Marcos no pudo ser escrito como muy pronto antes del año 135. Vendrán los romanos y tomarán el lugar y la nación de nosotros (Jn 11.48). He aquí vuestra casa os es dejada desierta, y Jerusalén será pisada por los gentiles (relinquetur vobis domus vestra deserta, Mt 23.38, Lc 13.35; 21.24). Esto solo ocurrió cuando Hadriano prohibió, bajo pena de muerte, la entrada de los judíos en Jerusalén, pues los judíos siguieron viviendo en Jerusalén después de la guerra de Vespasiano. Una vez destruido y arrasado por Hadriano el pueblo judío, los cristianos tuvieron campo libre para hacer circular sus invenciones, y usaban un curioso sofisma para demostrar que la venida del Mesías ya había ocurrido, razonando más o menos así: las profecías son verdaderas, porque Dios no miente, y está profetizado que ha de venir un Mesías al pueblo elegido por Dios, se supone que existiendo aún el pueblo judío, el pueblo judío ya no existe, luego el Mesías ya ha venido. Naturalmente, los judíos no se dejaban engañar por este bulo y acusaban a los cristianos de querer echar sobre nosotros la sangre de este hombre (Hechos, 5.28), lo que está en abierta contradicción con lo que se lee en el evangelio de Mateo: (caiga) su sangre sobre nosotros (Mt 27.25). Según Filón, Dios siempre envía a sus ángeles o logois a los hombres en caso de necesidad, pero en sus obras no hay todavía ni rastro de mesianismo, como tampoco existe en ellas la fantasía del inminente fin del mundo, hermana de la esperanza mesiánica. Después del desastre apocalíptico de la guerra de Hadriano, los judíos debieron de pensar que el fin de todas las cosas se acerca (1Pe 4.7).
En efecto, para el autor de la epístola de Bernabé, escrita por esa época (Ber 16.3-5),
está cerca el día en que todo sea destruido (Ber 21.3). Esta epístola contiene un guión de lo que luego serían los evangelios, aunque en ella Jesús es todavía un ente ficticio simbolizado por el sacrificio de los machos cabríos y de los becerros (Ber 7; 8; Heb 9.12,19). El autor gnóstico de esta epístola afirma explícitamente que Jesús no es hijo de hombre, sino hijo de Dios, y manifestado en carne en tipo (τύπῳ, es decir, simbólicamente, Ber 12.10), y antes ha dicho: Esperad a Jesús que va a manifestarse en carne a vosotros..., porque él iba a manifestarse en carne y habitar en nosotros (Ber 6.9; 6.14). Evidentemente, esta manifestación no era un fenómeno real que ha ocurrido en el tiempo y referido a la encarnación de un hombre, sino que aludía a una especie de ritual sexual que incluía la eyaculación 1 y la espermatofagia 2, razón por la que el autor habla de tener almas de niños (παιδίων ἔχειν τὴν ψυχήν) y de ser formados o modelados de nuevo (ἀναπλάσσω) en una segunda plasmación (δευτέραν πλάσιν), como Dios modeló a Adán. Esta especie de embarazo simbólico aparece también en la epístola a los Gálatas (Gál 4.19).
Como su hermana la epístola a los Hebreos o como las demás epístolas del Nuevo Testamento, la de Bernabé ignora la existencia de un Jesús de Nazaret y tampoco conoce a las ficticias Marías que pululan en los evangelios. Es de notar que en esta epístola (al igual que en las epístolas del NT), frente a las numerosas y extensas citas del Antiguo Testamento que contiene, no hay ni una sola cita de los discursos de Jesús, lo que significa que todavía no se habían inventado. Hasta en 17 ocasiones se utiliza la expresión
dice el Señor (λέγει κύριος), pero esto es siempre lo que dice el Señor por medio del profeta (λέγει κύριος ἐν τῷ προφήτῃ, Ber 9.1), nunca lo que dice Jesús por sí mismo en los evangelios.
1
. La explicación es sencillísima, aunque las razones se hallan expuestas con detalle en este blog. El Semen es lo que se manifiesta: Et semini tuo, qui est Christus, y a tu semen, que es Cristo (Gál 3.16).

2
. Comer y beber el espíritu del Esperma, que es lo que da la vida (Jn 6.53-56, 63). Cuando bebemos este espíritu de vida (1Co 10.4, 12.13), el Esperma de Dios permanece en nosotros (σπέρμα αὐτοῦ ἐν αὐτῷ μένει, 1Jn 3.9), y el espíritu del Esperma, es decir, el espíritu de Dios, habita en nosotros, ἐν ἡμῖν κατοικεῖν (οἰκεῖ ἐν ὑμῖν, Ro.8.9,11; 1Co 3.16).

13
. πάντα γάρ οἶδα, Orígenes, Contra Celso, 1.12. A lo que el teólogo castrado responde estableciendo un paralelismo de los libros de los judíos y de los cristianos con los libros que contienen los mitos y misterios de los egipcios, de los persas, y de todos los demás pueblos que tienen mitos y escritos (μύθους καὶ γράμματα) que los narran. Y acusa a Celso de ser como los hombres vulgares que escuchan unos mitos, pero no entienden su sentido. De esta forma Orígenes deja bien claro el género de literatura mítica al que pertenecían los libros de los cristianos.
14
. Ἀρχὴ γὰρ γενέσεως ἀνθρώπων ἡ τοῦ σπέρματος εἰς τούς αὔλακας τῆς μήτρας γίνεται καταβολή, Metodio de Opimpo, Simposio, 2.1.
ἀρχὴ μὲν γὰρ γενέσεως ὁ θεός, τὸν σπορᾶς καὶ γενέσεως τοῖς ὅλοις αἴτιον, δίδυμοι γὰρ σύμβολον σπορᾶς καὶ γενέσεως. Filón de Alejandría,
Quis rerum divinarum heres sit, 172, 171; De specialibus legibus, 3.179.
15. Aquí ἐκ τῆς σαρκὸς  equivale a ἐκ τῆς γῆς, pues ambas frases se oponen explícitamente a nacer de arriba (ἄνωθεν, Jn 3.3,7), y a el que viene de arriba (ἄνωθεν, Jn 3.31).
16
. sunt enim feminæ, quemadmodum ipsi confitentur. San Ireneo, Adversus hæreses, II 30.5; 2Co 11.2.
El autor de la epístola a los Gálatas se identifica explícitamente a sí mismo con la mujer que tiene un parto (ὠδίνω, ὠδίνουσα, Gál 4.19,27).
17
. Ef 5-22-35; 2Co 11.2; Mr 2.19,20, par.; Mt 25.1,5,10; Jn 3.29.


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En esta entrada, falos en Bali, en Amsterdam, y en Samcheok.
Nótese el mismo gesto del abrazo amoroso en las mujeres. En el caso de los hombres, el gesto ante el Falo es muy distinto, y realizan el gesto de la copia, pues todos los hombres tienen en la ingle una copia o imagen de Dios; como todas las mujeres tienen, locis muliebribus, una copia o imagen de Venus genetrix.

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